Jun 28

Crónicas namibianas

Al Lector:

Con este último artículo,  ¨Pequeñas Cosas¨,  colocado en la plataforma digital de los colaboradores en el continente africano, cerraba cuatro años de asistencia técnica de mi grupo de trabajo en la República de Namibia. Curiosamente lo he colocado de primero porque  el texto   hace  una especie de  recuento, a modo de prólogo,  de la experiencia vivida en tierra africana,  donde es posible apreciar la singularidad de su gente y la experiencias recibidas por los cubanos en este país hermano.

Su rica geografía sirve de escenario para brindarnos lugares de singular  belleza y muchas historias por contar, desde el redescubrimiento de la cultura africana, una singular señalética en una importante avenida local con el nombre de Fidel, una ciudad ¨alemana¨ en territorio namibiano, el disfrute único,  de saber de  la existencia de un   objeto caído del cielo, el meteorito de Hoba del Oeste, el más grande del planeta, recorrer toda la tierra namibiana en un dilatado embrujo  paisajístico, hasta conocer la historia del pueblo fantasma,  un sitio nacido con la “fiebre de los diamantes”, que hoy yace silencioso, arropado por la arena del desierto, después que su último habitante lo abandono, hace más de 50 años…¨

¡Acompáñenos por el camino de las revelaciones en esta tierra africana!

 

(Textos  e imagen gráfica,  José Alberto Zayas Pérez)

Pequeñas Cosas

“Disfrute de las pequeñas cosas. Un día usted mirará hacia atrás y se dará cuenta de que era las grandes cosas”

Recuerdo un llamativo cartel en uno de los lugares más pintorescos de Windhoek, la capital de Namibia, que me hizo reflexionar sobre la partida de un grupo de profesionales vinculados al sector de la construcción y el planeamiento físico que prestamos colaboración técnica, durante algo más de cuatro años,  en este país hermano.

Sabía que cuando se acercaba  el momento de la despedida cada uno de nosotros tenía cosas para guardar y llevar consigo. Las motivaciones eran diferentes y el cargamento material y espiritual también.

Eso me hizo evocar un comentario que me hizo el entonces  embajador de Cuba en Namibia, Carlos Manuel Rojas Lago, a la salida de una reunión de trabajo “…has vivido una experiencia que nunca soñaste que te pudiera acontecer” y por supuesto él tiene toda la razón.

Lo más impactante y que deja profunda huellas en los recuerdos, son las personas, las que nos acompañan en el trabajo diario y las que conocemos por azar de la vida.

El contacto cotidiano con los colegas de labor en los momentos de alegría y cuando se precisa enfrentar los inevitables conflictos, en personas que laboran en un contante estrés por la ausencia de sus seres queridos.

Los duros momentos vividos cuando un amigo nos dice adiós de forma repentina y la necesidad de encarar esa triste realidad. Los retos son alto, la añoranza por la separación también, cada cual busca su propia receta para estos males y a veces descubrimos con asombro cuanta potencialidad dormida se esconde en cada uno de nosotros.

Más allá de la satisfacción por haber cumplido exitosamente con nuestra labor, están las impresiones que vamos recibiendo y de alguna manera parecen tener vida propia y se va transformado en el breve espacio temporal en que discurre la vida en esta tierra.

En mi caso la llegada a suelo africano, me produjo asombro y frustración. Asombro ante la belleza del paisaje natural y construido, al poder ponerme en contacto con los valores culturas de este pueblo.

Frustración al descubrir el pobre trabajo de los medios al trasmitir una imagen  parcializada del continente Negro que me hizo escribir un artículo de desagravio que intitulé, “Asumir África con otra Mirada”.

Reconocer las huellas de una historia de saqueo y genocidio contra los pueblos originarios y contactar en el tiempo la persistencia de los grandes contrastes  que hoy divide a la sociedad y que requerirá mucho esfuerzo y trabajo su eliminación.

Mirar a África en toda su riqueza perceptiva, asumiendo sus valores culturales y sus habilidades en muchos campos del saber humano.

Despojarnos de prejuicio en la lectura de su realidad y abandonar el intento de asumirla en un simplificado “blanco y negro”.

En el plano personal es muy difícil llevarse objetos que simbolicen la etapa vivida y que el inclemente tiempo no convierta, más temprano que tarde, en cosas inservibles.

Si de objetos materiales utilitario se trata, algunos de ellos ni siguiera esperaron por mi regreso para abandonarme. Lo que es motivo de chanza  de mis siempre ocurrentes compatriotas que preguntan  si los compré en la prestigiosa cadenas de tiendas, ¨Fos-chini¨, en burlona alusión a la popular y asequible, ¨ChinaTown¨.

Sin negar la posibilidad de cubrir necesidades materiales más perentorias, prefiero apropiarme de símbolos más duraderos. Algunos son objetos inanimados que rodean nuestro entorno visual  y pasan inadvertidos para nuestras ocupadas mentes. Otros son rostros humanos que toleran comprensivos mi tardía afición por la fotografía.

Todos ellos,  son parte del alma de la ciudad de Windhoek y ¿por qué no? de Namibia, de alguna manera permanecerán en los recuerdos y estoy seguro que sobreviran, a pesar de todo, a la prueba del tiempo.

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Asumir a África con otra mirada

Un amigo, al ver publicado en un medio digital cubano, bellas imágenes de Namibia, enviadas por mi mientras cumplía colaboración técnica en ese hermano país, me reprochó mi incapacidad para reflejar la realidad africana, asociada al atraso histórico, producto de muchos años de colonialismo, con su secuela de males sociales y económico y él tiene razón, pero sólo en parte, porque el continente africano, no es un todo homogéneo.

Son realidades distintas la que encontramos entre los países, por diversas razones, geográficas, etnográficas, históricas… que hace posible diferenciar el África del Norte o del Sahara y el Sur del Sahara, denominada también, como el África Negra.

Ni siquiera en esas dos grandes divisiones funcionan de forma análoga, con una marcada diferencia en su desarrollo, entre los países, donde destaca, en el África austral, un país emergente, con un notable peso en las relaciones económicas y políticas, como Sudáfrica.

Tampoco hacia el interior de cada país es posible uniformar los estándares de bienestar o pobreza, es cierto que hay un común denominador provocado por siglos de saqueo sobre estos pueblos, pero identificar todo un continente en el extremo del gradiente social , asociado a un bajo nivel de vida, es tan bien una manera de desconocer, los muchos aspectos, donde los africanos tienen importantes logros que mostrar, tal vez, apoyados en su poderosa cultura o en sus fabulosos recursos naturales de que disponen, o quizás el proceso de globalización, en su trasversalización, ha logrado burlar los ámbitos entre países, regiones, distritos…hasta llegar a la más humilde de las aldeas, para llevarnos su carga de progreso y también de desigualdad extrema.

No ignoro que no es lo mismo, el desarrollo de la capital del país, vitrina de la nación, por cierto no es sólo en África, al resto de sus asentamientos o población dispersa. La clásica contradicción entre el ámbito rural y urbano, más acentuada, cierto, en estas tierras, pero lo innegable, es que se vive con el bienestar de una nación en desarrollo, por supuesto para los afortunados de la sociedad, lo que lleva implícito, la inserción del saber humano, en los más disímiles campos del conocimiento, en contraste con la pobreza extrema de otra buena parte de su pueblo, que se incorpora, paulatinamente, a nuevas oportunidades de cambios que emprenden muchos gobiernos, con sentido de compromiso con los suyos, como la República de Namibia.

Créame, mis colegas, es necesario asumir a África con otra mirada, no rechazar lo que aprendimos como verdad acabada, sino descubrir la que no nos mostraron, ahora, en un necesario balance, ya sea por falta de información o por idea estereotipada, divulgada sobre estas tierras, durante tanto tiempo.

Asumir a África con otra mirada

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Fidel

A propósito de una señalética, en una avenida de Windhoek.

La hermosa capital de Namibia, la ciudad de Windhoek, es un conglomerado urbano de sólo 250 000 habitantes, en un país de poco más de 2 millones y medio de habitantes.

Se observa un dinámico ritmo constructivo en los nuevos espacios urbanos. Muchas zonas de las ciudad presentan numerosos solares yermos en espera ser edificados, en un desarrollo extensivo, caracterizado por edificaciones de una sola planta, en su zona residencial y algunas edificaciones en alturas, en su centro de servicio, que todos identificamos por su nombre en Inglés y simplemente nos referimos al “Town”, cuando deseamos señalar un punto notable de la ciudad.

En su espacio parecen convivir la modernidad, con algunos patrones, en sus edificaciones, que se corresponden a códigos de las culturas de sus antiguos colonizadores, en especial Alemania y Sudáfrica.

Su suelo arenoso, de un color beige, a veces con tonalidades rosadas, queda al descubierto, en su entramado edificado, donde es posible apreciar sus acatadas regulaciones urbanas, que separan las edificaciones, a más de cuatro metros de las vías, corriendo a cargo del propietario del terreno la edificación del espacio empedrado, que no siempre se cumple con la prontitud requerida. Lo que le da una imagen, tal vez, ruralizada, contrastando con los sobrios diseños arquitectónicos, en sus numerosas moles de servicios, que parecen atender a una población mucho mayor que la que realmente dispone.

Un índice importante de motorización, presiona la edificación de numerosas avenidas para aliviar los embotellamientos en las horas pico. Algunas de ellas tienen nombres emblemáticos y reconocidos por los pueblos del mundo: Sam Nujoma, líder histórico del pueblo namibio y su primer Presidente, Nelson Mandela, Fidel Castro Ruz…

Para un cubano representa un raro sentimiento poder contemplar el nombre del líder histórico de la revolución cubana. Realmente no le dije a mis interlocutores, con los que dialogaba sobre el tema cubano, todo lo que pensaba, nada le expresé de la profunda impresión que me causó la señalética con el nombre de Fidel en la esquina de una importante avenida local o el nombre de una escuela que lleva el nombre del líder del la Revolución Cubana y que los colaboradores cubanos apadrinamos de forma solidaria.

Algo totalmente inusual en nuestro país, donde se comprende el valor relativo del papel de las personalidades en la historia y es principio Martiano, expresado reiteradamente por Fidel, de que “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.

Nada argumenté, que para el pueblo nativo, conocedor de la discriminación racial y la pobreza extrema en el pasado, ese hito, en una esquina de Windhoek, es su forma de homenajear a un pueblo,  reconociendo el importante papel jugado por Cuba en la liberación de muchos pueblos africanos y su contribución al fin del Apartheid, al costo de enormes sacrificios en defensa de las causas justa de este Continente.

Fidel

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Lo Real Maravilloso de Namibia

Leí un escrito  que cuenta que cuando Hernán Cortés divisó la ciudad de Tenochtitlan, escribió en una carta a Carlos V: “Por no saber poner nombres a estas cosas, no las expreso”.

No puedo dejar de recordar a Alejo Carpentier al escribir su sentir ante la inesperada realidad Americana. Él si supo encontrar la frase exacta para poner nombre a las cosas inesperadas o inusuales, al definirlas dentro del concepto de “Lo Real Maravilloso”. De alguna manera, ya en otro contexto, me hizo evocar al  gran novelista cubano, ante los hechos insólitos, que también acompañan la vida, en estas tierras del Sur.

En estas elucubraciones estaba cuando  un correo, de una persona amiga, que vive allende al océano, me hablaba que había leído  sobre un pueblo fantasma que existe en esta tierra africana.

Para mi sorpresa descubrí, que una estancia de más de dos años en este país, no son suficientes para revelar  todo el sortilegio de su rica geografía y menos aún permitir mi ilustración en el conocimiento  de la  etnografía  de esta nación, habitada por tan diversas etnias que conforman la patria namibiana.

Es cierto, que ya no estamos en la época de la conquista con sus pioneros que mostraban al mundo el encanto de lo desconocido. Escritores, turistas de paso y enciclopedias digitales nos  revelan  un mundo poco familiar a nuestras raíces, y tal vez por eso, su atractivo, como estímulo a nuestra  fantasía, esa que nos acompaña desde la infancia y que cesa sólo con la muerte.

Estamos ante un inmenso territorio, así piensa alguien que procede de la pequeña Cuba. Namibia tiene  algo más de siete veces la extensión territorial de nuestro país,  pero contradictoriamente posee  casi cinco veces menos población que nuestra Patria, con cerca de dos millones y medio de habitantes. El país se divide en tres regiones físico geográfica: el desierto de Namib, una meseta Central y el desierto de Kalahari.

Pero esta caracterización no nos permite visualizar toda la riqueza paisajística y faunística de estas tierras, con sus numerosos  accidentes geográficos, encabezado por grandes ríos, su variada fauna africana, sus importantes  parques naturales,  como el Parque Nacional de Etosha.

Su gran desierto, el Namib, considerado el más viejo del mundo y abarca una gran extensión que  va desde el río Orange, que traza el límite con la república Sudáfricana, en su porción Sur, hasta el río Kunene,  que tiene borde fronterizo con la república de Angola, en su límite norte.

Otro panorama que impacta los sentidos, se recibe cuando  se recorre la tierra Namibiana, en un dilatado embrujo  paisajístico que se prolonga por de más de 2 000 Km, de sur a norte.

En su parte Sur,  destaca su zona desértica, con su gran planicie, quemada por el ardiente sol, con una raquítica vegetación adaptada a las condiciones extremas de las zonas áridas y donde la ganadería, la pesca y los recursos mineros, en especial sus famosos diamantes aluviales,  dan vida a la actividad productiva local.

En esta zona, el paño ocre amarillo parece romperse por un semillero de  colinas que aparecen de la nada, que junto con sus cadenas montañosas, le dan al sistema orográfico, diferentes formas y colores,  donde  la erosión ha ido tallando de una manera caprichosa.

Rompiendo el espacio natural, serpentean, las bien conformadas carreteras, teniendo como telón de fondo las notables elevaciones. Las vías  generalmente son de  dos sendas, por donde los vehículos circulan a gran velocidad, en una especie de loca carrera por acercar lugares habitados que están   geográficamente distantes.

Al norte, la naturaleza nos regala, en una muestra de su vigor,  su rica fauna, favorecida por su copiosa  vegetación, donde la abundancia de grandes ríos y el escurrimientos de las aguas en época de lluvia,  muchas veces desde territorios vecinos, como la zona sur de Angola, hace florecer la vida.

No sin razón,  se localizan en esta zona,  los mayores conglomerados humanos, animal y vegetal del país. En su reverso, la vida biótica,  enfrenta, de forma recurrente, su ciclo natural, causante de  grandes inundaciones, en la época de lluvia,  ocasionado grandes pérdidas de vidas humanas y afectando  la infraestructura edificada. En las últimas décadas  se han incrementado los  riesgos  de afectación, por inundación, como resultado de la actividad antropogénica  que se desarrolla en este medio natural.

Si los grandes escenarios impresionan por su extensión, no menos impacto sentiremos al descubrir pequeños, y no tan pequeño espacios, creados por la actividad creadora del hombre y reconocer los valores culturales y las tradiciones de este pueblo milenario.

Explorar  los  sitios que  nos da la naturaleza, erigidos en  lugares notables, en un  paciente trabajo de millones de años.  O tal vez, el disfrute único,  de saber de  la existencia de un  “objeto caído del cielo” que alberga en su territorio, como el meteorito de Hoba.

Así podremos adentrarnos en las diversas facetas, que le dan su inusual atractivo a este suelo,  como la  historia del Castillo de Duwisib, que asociamos a la época del Medievo. El hombre que dirigió su edificación, atrapado en medio de la circunstancia de una conflagración Mundial, supo  crear  un Oasis  en el desierto, a bien resguardo de los avatares de la época.

Conocer la historia del pueblo fantasma de Kolmannskuppe o Kolmanskop, en  dialecto africano. Un sitio nacido con la “fiebre de los diamantes”, donde palpita el mismo espíritu del  oeste Norteamericano, con su bien conocida “fiebre del oro”, y hoy yace silencioso, arropado por la arena del desierto, después que su último habitante lo abandono, hace más de 50 años.

Hacia el norte encontramos el  parque de Ruacana, con sus hermosas Cataratas cayendo estruendosamente, a cientos de metros de altura, para dejar una fuerte emoción en el visitante, o trasladarnos,  una vez más al  sur,  para  recibir la fuerte impresión que provoca  la contemplación del Cañón del río Fish, que es uno de los cañones más largo del mundo. Ilustrarnos con  la historia del Bosque petrificado de Khorixas; asombra saber que  la edad de los fósiles que allí se encuentran son de unos 260 millones de años.

Podríamos seguir en esta especie de encantamiento, descubriendo muchas de las realidades maravillosas de este país.  Ya  tienen muchas de las referencias, las páginas digitales de Internet  le harán viajar a  estos sitios. Yo hice mi parte, ahora les toca a ustedes, estimados colegas,  nutrirse  de las historias y las bellezas de esta Tierra, que renace con fuerza, dejando atrás los vestigios del Colonialismo y del odioso régimen del Apartheid que sometió a este pueblo por muchas décadas.

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El Meteorito de Hoba del Oeste

Cuando se recorre el norte del territorio de Namibia llegamos a una configuración vial conocida por “Triangulo de Otavi” o “Triangulo de Oro” conformado por los asentamientos urbanos de Otavi, Tsumeb y Grootfontein, ejes de importantes confluencias viales y punto de partida para acceder a puntos distantes de la geografía local.

Dentro de estos pueblos destaca el hermoso pueblo de Grootfontein, ubicado en la región de Otjozondjupa, un asentamiento urbano que resalta por su verdor y por conserva algunos de los códigos de la arquitectura Alemana del siglo pasado. Este lugar habitado tiene el privilegio de poseer en su cercanía uno de los mayores atractivos turísticos del país, el meteorito de Hoba del Oeste.

Veinticuatro kilómetros lo separan del sitio, al cual se accede por un terraplén bien conformado, mostrándonos un espacio de singular belleza natural, erigido en medio de la sabana.

Una sencilla construcción de piedra, a modo de fachada, nos da la bienvenida. En un pequeño local podemos encontrar la historia del meteorito de Hoba en varios idiomas, para recordarnos la diversidad de visitantes de todo el mundo que se siente atraídos por el lugar. No falta la artesanía típica, donde la rica fauna Africana está presente en diversos objetos, decorativos o utilitarios, predomina la madera como material de trabajo.

El equivalente a dos dólares USA, nos abren simbólicamente la puerta del Parque. La primera impresión positiva la pone su vegetación, que aunque de poca altura y escaso follaje que se hace acompañar por una gran variedad de plantas xerófilas, permitiendo crear el entramado necesario para mostrar a su único actor, el meteorito de Hoba. Yace en el fondo del pequeño anfiteatro de piedra, pero sus créditos son lo suficientemente atractivo para atraer al público a sus gradas.

Es el meteorito conocido más grande en la Tierra con un peso inicial de 66 toneladas y consta con el privilegio de tener la masa de hierro mayor de nuestro planeta. Su nombre lo adquiere por caer en la granja Hoba Oeste en el año de 1920 y reposa en este lugar desde hace más de 80 000 años. Para detener su deterioro y preservarlo para generaciones futura fue declarado como Monumento Nacional en 1955.

Con las impresiones recibidas emprendo el camino de regreso, atrapado por la belleza de este hermoso país, otras regiones esperan por sorprendernos con el sortilegio de su poderosa naturaleza.

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Una paradoja en el desierto de Namib, Swakopmund

La bruma

Tres semanas de recorrido por toda la geografía namibiana por motivos de trabajo es una buena oportunidad para ventilar asuntos laborales con colegas de profesión vinculados con las actividades constructivas que desarrollamos, pero es además un buen momento para conocer a este país, que a mí se me antoja sorprendente, a pesar de una lacónica caracterización que habla de un territorio limitado por dos desiertos, Kalahari y Namib y una Meseta Central. Unos 360 kilómetros separa a Windhoek, capital de Namibia, del asentamiento urbano de Swakopmund.

El viaje, monótono para los que estamos habituados a estos parajes, grandes extensiones de terreno donde crece un pasto de color amarillo opaco golpeado por una persistente sequía, propia de esta época del año, sólo se ubican contados asentamientos a lo largo de la vía, que se van haciendo cada vez más escasos hasta desaparecer, enfrentándonos a un brusco cambio del paisaje, que abre su perspectiva visual para permitirnos observar el imponente desierto de Namib, el más antiguo del mundo, donde la única actividad humana que se percibe, es el ligero tránsito por la ruta en la que viajamos y cercanas explotaciones mineras, donde se destaca, la mina de uranio a cielo abierto más grande del mundo.

Extensos espacios desprovistos de vegetación, son salpicados por formaciones de montañas, desde el horizonte parecen tomar coloración azul oscuro o negra, matizado por grandes manchas blancas, estas últimas resultado de los grandes depósitos de arenas que se acumulan en su base arrastradas por los vientos, dándole un inusual aspecto, adicionándole un valor agregado al ya inusitado panorama.

Sin que nos percatemos, el clima cálido, dotado de un cielo azul intenso, que hace recordar al lejano trópico, empieza a ser cubierto por la bruma que se aprecia más acentuada en el horizonte, anunciando la proximidad de la costa Atlántica, donde se ubica el asentamiento urbano de Swakopmund, capital administrativa de la región de Erongo.

La neblina parece cubrir amplias zonas costeras adentrándose varios kilómetros tierra adentro, originada por la corriente de Benguela que es una corriente de aguas frías que se dirige al norte siguiendo la costa oeste de África y produce densas nieblas oceánicas la mayor parte del año; responsable en el pasado, junto con las fuertes marejadas y la existencia de peligrosos bancos de arenas, de un cementerio de barcos depositados en su costa en la zona conocida como “Costa de los Esqueletos”, en referencia a los pecios precipitados hacia su litoral y devorados lentamente por la agreste naturaleza del lugar…

Swakopmund, un asentamiento “alemán”.

Sin tener información previa, en mi primera visita al sitio, del que sólo conocía el inexacto término de afortunados colegas que lo describían, como un lugar bonito. Pobre calificativo para designar un espacio único, por no decir mágico.

Su mercado de artesanías se destaca por la diversidad de las piezas trabajadas en madera y piedras del lugar. Inseparable a esta actividad económica, las himbas, con sus hijos acuesta, formando parte del ambiente del emplazamiento, en un intento por buscar un sustento para su familia a expensas de los curiosos turísticas que visitan el sitio.

El cielo añil había cedido su lugar para transformarse en un encapotado color gris, acompañado de una percepción de fuerte humedad y una inesperada temperatura fría.

Vistosas señaléticas anuncian nombres de calles y anuncios publicitarios en afrikáans, el idioma de los colonizadores nativos.

El panorama visual parece estar impregnado de un carácter novelesco con sus hermosas e impecables construcciones que adornaban el emplazamiento. Reflejo de la arquitectura de estilo colonial alemán, que se nos muestra en buena parte de su entramado urbano.

El espíritu germánico ronda aún por estas tierras, para orgullo de los descendientes de los antiguos colonizadores, revelándonos un espacio propio de vitrina urbana. En un vano intento de hacernos olvidar su pasado colonial, teniendo el triste mérito de haber albergado en su suelo uno de los campos de exterminios creados en estas tierras, que segó la vida de una buena parte de las etnias, nama y herero, identificándose como los precursores de los primeros intentos de genocidios del siglo XX. Historia antecesora de los campos de la muerte nazis que se hicieron tristemente famosos a sitios como Auschwitz.

La Esperanza

Una llamada telefónica nos pone en contacto, ahora el ingeniero cubano, nos espera en el exterior de las oficinas del Consejo Regional y sin tiempo para desempacar realizamos una visita de trabajo a una de las obras donde se ejecuta un ambicioso programa masivo de vivienda para personas de bajos ingresos, o sea una parte importante de su población originaria, es precisamente uno de los grandes retos que tiene el país, como forma de reparar una injusticia histórica que permita superar brutales contrastes, como este Swakopmund de ensueños, en contraposición a la otra cruda realidad que vive una parte importante del pueblo asentado en barrios informales, que es la mejor manera que encuentro para designar sitios como éste que en otros países tienen infinitos nombres, favela, llega y pon, chabola, barrios marginales.

El especialista cubano esta imbricado en la materialización de este vasto programa. Hoy realiza una certificación de las acciones constructivas ejecutadas en las viviendas. El proceso de inserción laboral es complejo, por las conocidas restricciones de los colegios profesionales que es bastante frecuente en muchos países, además de asimilar métodos de trabajo y regulaciones específicas que deben ser respetadas. A pesar de los obstáculos se avanza teniendo en cuenta el objetivo común, ayudar a solventar uno de los dramas sociales más importante, contar con una vivienda decorosa para la familia namibiana, en esa meta trabaja un colectivo de profesionales cubanos en conjunto con muchos actores de la sociedad namibiana.

Las fotos tomadas por me no le hacen justicia a la ciudad, la bruma y el atardecer conspiran con la calidad de las imágenes. Así que bien temprano en la mañana reto a la suerte, sólo dispongo de menos de una hora antes empezar un nuevo contacto de trabajo, es de hecho mi última oportunidad de llevarme unas imágenes del sitio.

El desierto de Namib

Ahora se impone la despedida de este hermoso lugar, con la insatisfacción de conocer a penas una pequeña parte de sus atractivos urbanos y otros sitios paisajísticos de interés ubicados en las zonas colindantes, entre ellos el asentamiento Walvis Bay que significa “Bahía de Ballenas”.

Leo con intereses, en una enciclopedia de Internet, que”… la bahía ha sido un refugio para buques de mar debido a su puerto de profundidades naturales protegido por una lengua de arena de Punta Pelícano. Siendo rico en plancton y vida marítima, estas aguas acercaron grandes número de ballenas que atrajeron barcos balleneros y buques de pesca…”

Aun así no me resigno a perder la oportunidad de acercarme al “verdadero” desierto de Namib, donde están sus famosas dunas en que un grupo de colaboradores cubanos y amigos de Cuba, escalaron una de las más altas del mundo, con sus 380 metros de altura, conocida como Duna 7, próxima al asentamiento urbano Walvis Bay.

Satisfecho este deseo, como diríamos en Cuba, al menos “del lobo, un pelo”, nos despedimos de la región de Erongo, con la aspiración de que nos acompañen, en este recorrido virtual,  por la belleza de la tierra namibiana.

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Con los pies en la Tierra

Estoy en el aeropuerto, voy al Norte en un viaje de un día, viajo solo, representando a mi Ministerio, soy arquitecto Consultor. Mi colega de una empresa privada de consultores Ingenieros  no ha llegado, me inquieto, la salida es a la 6 30 AM, él tiene el ticket del pasaje, de un vuelo chárter.

Había puesto el despertador a las 4 00 AM, pero estuve moviéndome toda la noche, antes que sonara el timbre del  teléfono, el carro me recogió a las 5 00 AM.

En el aeropuerto local la mayoría de los pasajeros son blancos, todos visten sport. A veces me desoriento y creo estar en Alemania, corpulentos y altos personajes me rodean, rubios, de ojos claros, y para mi inadaptado oído, lo asocio, equivocadamente, a un  acento germánico.

En realidad, los blancos hablan afrikáner, idioma de los pobladores europeos que colonizaron el país. El avión es pequeño, pero confortable, la vista aérea placentera, las caprichosas montañas contrastan con la planicie.

La capital está en una meseta  de algo más de 1 700 metros sobre el nivel del mar, a medida que nos alejamos, vemos aisladas colinas, con escarpas que sugieren formas  fantasmagóricas, acentuadas por los contrastes de luz y sombras sobre la superficie.

El  paisaje hermoso, ayudado por un cielo limpio. Hacemos una parada técnica en el pueblo de Oshiwarongo, en una pista de tierra.

Recogemos a otro ingeniero, ahora somos tres viajando al norte, cerca de la frontera con Angola. Cuba está lejos, Cuba se extraña, recuerdo una canción de moda en Cuba.

El paisaje cambió, sólo se observa la gran llanura. Desde este avión de juguete, tengo un puesto de observador de primera clase. En cientos de kilómetros sólo  percibo la monotonía del paisaje, apenas sin vegetación. Es posible observar la curvatura de la Tierra en el horizonte.

Los dos corpulentos blancos que me acompañan no ha dicho una palabra, cosa que agradezco mientras escribo en el celular. Las pequeñas teclas haciendo posible este mensaje, que como sustento diario, hago llegar a mis allegados, esta vez, para brindarle pequeños instantes, tal vez hoy, diferente, en mi rutinaria labor.

En el espacio de tiempo en que le envío mis fraccionados correos, en las más de 10 horas de vuelo de ida y retorno,  con sólo dos horas de trabajo en tierra, recibo la buena nueva de un correo de mi hijo Jandro, me interpela que le dé más detalles, como si fuera parte de una serie televisiva de aventura, presumo como debe estar creciendo, en demasía, su fértil imaginación, estoy tentado a recrearle mi realidad, pero desisto.

Se despide pidiéndome que me cuide, sólo puedo sonreír. El descenso brusco hace que mi  estómago sostenga  su propio monólogo.

Aterrizamos, se observan animales pastando muy cerca de la pista, en la desolada “terminal Aérea”, sólo dos  matas de marabú rompen la perspectiva del paisaje, en  la rústica pista de tierra.

Nos esperan dos carros, cuatro colegas de profesión se bajan, para darnos la bienvenida y trasladarnos a la reunión.

El encuentro interesante, disfruté el debate técnico, veo la herencia colonial aún presente, los diseñadores y consultores todos blancos, excepto una namibiana y una colega, claro, de mi tierra, la ingeniera Haydee, por suerte las condiciones han empezado a cambiar y seguirán cambiando, para bien.

Converso con mi colega, el arquitecto Gaspar, el tema, el único que hablan mis compatriotas conmigo en estos días, ¿cómo va la gestión de los pasajes de las vacaciones a Cuba?  Las evocaciones de la  tierra son permanentes.

Ya de regreso, en el avión nos espera la  piloto, feliz de tener compañía, sale debajo de una mata en que se protege del ardiente sol.

Hacemos una parada técnica en Rundo, capital de la región de Kavango. El avión taxea sobre la pista de asfalto, todo está desierto, ¿habrá una cuarentena en este lugar?

El vuelo demorado, comparativamente he empleado, casi el mismo tiempo que si hiciera un hipotético viaje directo a la Isla. Mi estómago sigue  excitado, parece que estoy sacando licencia de piloto de guerra, ¡este artefacto si se mueve!

Lo malo de la tardanza, es que nos coge la noche, lo bueno, una puesta de sol, vista desde esta altura, y la belleza de la ciudad nocturna.

Se fue otro día de trabajo, prometo escribir, a partir de ahora,  “con los pies en la tierra”.

 

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¡Odio a mis amigos los médicos!…

Soy santiaguero de un tranquilo barrio que tiene muy pocas viviendas, pero colmado de pequeñas y grandes instalaciones de la salud.

En la época de mi infancia, fui “cliente fijo” del hospital Pediátrico conocido como ¨La Ondi¨; se antojaba mi segunda casa. El infortunio, repetidamente extendía su mano para flagelar mi desgarbada figura con sus constantes tribulaciones. Las desdichas, pasaron a ser parte de mi cotidianidad.

Así de “apacibles” transcurrían mis primeros años de infancia, cuando pasó lo inevitable; comencé la fobia contra todo aquello que tuviera que ver con la salud. Pero como decía, así crecí, viendo a los galenos y resto del personal de salud, como seres distintos a mis coterráneos.

La vida siguió su curso, con ellos –los médicos y personal sanitario- en una esquina, y yo en la otra pero, el azar, aun me deparaba inesperadas sorpresas. Un día me vi viajando a África, mi oficio de arquitecto me llevaba a cumplir una solidaria colaboración técnica con el pueblo de Namibia.

El azar hizo que uno de nuestros ingenieros sufriera un accidente de tránsito y requería seguimiento inmediato; no había capacidad en los hospitales y se decidió, ingresar a domicilio. Durante semanas se trasladaron las doctoras Nadine y Liliana a nuestra casa, convivieron con nosotros, compartimos alimentos, penas y alegrías, y comencé, por primera vez, a conocer los seres humanos que hay detrás de los uniformes.

También en aquellos días, tuve la suerte de conocer al doctor Verges, lastimosamente recién fallecido. Un santiaguero que, en Namibia, hizo honor a su terruño, de maravillosas cualidades humanas, trato afable y extraordinario.

Lo vi derrochar su valioso tiempo en explicar minuciosamente, a un neófito como yo, todo y cada uno de los detalles del moderno instrumental con que contaba el laboratorio; se lamentaba que en Cuba no podemos adquirir esta tecnología debido al bloqueo.

Su entrada en la sala, parecía la llegada de un ilustre caballero, vi pacientes salir de sus cubículos sólo por el grato placer de saludarlo, enfermeras abrazarlo y besarlo, personal médico consultarlo. Le llamaban profesor, doctor, médico, tate (padre ó señor mayor en lengua oshiwambo), amigo, hermano, cubano, o simplemente Verges, quedé asombrado.

Semanas antes  que regresara a Cuba, leí un artículo en un periódico local donde muchos ciudadanos hacían una súplica a las autoridades de salud para que el profesor cubano continuara trabajando en el país.

La providencia me preparaba nuevas sorpresas. En una reunión de trabajo, el doctor Alexis, después de un efusivo abrazo, acabó descubriendo un forúnculo abscedado que me había crecido en la espalda, y que yo planificaba que desapareciera, algún día, creo que por arte de magia y no, por el arte del bisturí; me dijo “mi hermano, lo siento, pero hay que operar”.

Alegando mis responsabilidades, nunca tenía tiempo para operarme, pero cuando el “chichón” creció, acercándose al tamaño de una pelota de pin pon, “él solito se encargó de llevarme al hospital”; el destino se empeñaba nuevamente de revivir mis pesadillas de antaño.

Mi primer choque, esta vez, con el experimentado especialista en Otorrinolaringología, doctor Nodiel, joven afable y servicial, quien se encargó de suministrarme el primer tratamiento. Lo curioso es que no era sólo conmigo, manifestaba el mismo comportamiento con cada uno de sus pacientes, sus relaciones con ellos iban más allá de las que normalmente conocía existen entre un galeno y sus pacientes.

La vida en los hospitales de Namibia es estresante, no siempre los médicos cubanos encuentran soluciones rápidas y factibles para resolver los casos inmediatos. Los salones de operaciones siempre están repletos. Las interminables “lista de espera” crecen diariamente. Sin embargo, en mi caso, la decisión de realizarme la cirugía menor –para mi mayor- estaba tomada y, llegado el día, comienza la odisea. De Katutura al Central (nombre de los hospitales públicos de Windhoek) y viceversa, en busca de un local disponible. Por fin, los doctores improvisaron un salón y hacen su trabajo en solitario. Yo hago el mío, dejar hacer.

Hemos finalizado, quizás, una de las últimas reuniones de trabajo con el doctor Nodiel, el auto que nos transporta, se desplaza raudo por uno de los elegantes repartos de alto estándar donde vive la floreciente burguesía local. Se detiene en una instalación hospitalaria privada. Un renombrado especialista, colega de Nodiel en el hospital Central, le espera para extenderle una carta que reconoce su labor.

Lo veo venir sonriente, feliz. Alborozado como niño en fiesta de cumpleaños. Recuerda un escolar de primaria, a quien el profesor acaba de otorgarle una nota de excelente. Su prestigioso colega no es parco en elogiar su desempeño. Me extiende con orgullo la carta de reconocimiento.

En los próximos días, numerosos galenos cubanos finalizan su misión, en breve se enfrentarán a nuevas tareas, pero esta vez en la Patria. Regresan mejores médicos y mejores personas. El pueblo namibiano sentirá sus ausencias.

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La  Luna que nos une.

He oído decir a muchas personas, que están separadas por la distancia, a modo de consuelo, que  hay un  mar y un cielo que nos une a todos, en todo caso, yo suelo pensar que tiene más riqueza perceptiva, la Luna que nos acompaña cada noche.

Siempre es posible creer, que lo que vemos hoy, puede ser apreciada por otra persona en la distancia, tal vez, no es la misma Luna, como no parece ser  la misma mujer que conocemos, cada vez que cambia su atuendo,  de acuerdo a la ocasión.

En su giro alrededor de la Tierra presenta diferentes aspectos visuales, según sea su posición con respecto al Sol.

La que nos ilumina, ahora, en la noche namibiana, justo en el medio del calendario lunar,  es Luna Llena o Plenilunio.

El movimiento se repite de forma cíclica, aunque nunca es exactamente igual, media el criterio de las personas, de acuerdo a sus  experiencias sensoriales, la legibilidad de su entorno terrestre, donde aparece, mar, montaña, bosque, llano…o simplemente su visualización en el  reparto donde vivo, en la bella ciudad de Windhoek.

Al verla aparecer en el horizonte, justo al atardecer, creí ver, en una especie de dislate, que establecía una extraña relación con una farola del alumbrado público de mi calle.

En todo caso los dejos con las imágenes de nuestro satélite Natural y encuentren ustedes sus propios significados o simplemente disfruten las conocidas, y no por eso menos apreciadas, imágenes de la Luna.

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Crónicas desde Namibia: Viaje al Sur

Namibia es un territorio extenso, de más de 800 000 km², y sólo algo más 2 500 000 habitantes, está constituido por 14 regiones. Son reconocidas 9 lenguas oficiales, el uso del Inglés facilita la comunicación entre las diferentes etnias, su capital es Windhoek, una bella y limpia ciudad de sólo 250 000 habitantes.

La historia de Namibia y Cuba están entrelazadas por lazos de amistad y sangre, las contundentes victorias en el campo de batalla, logró preservar la independencia de Angola, acordar la independencia de Namibia y contribuir al fin del Apartheid.

La cooperación con Namibia, es ahora contra el subdesarrollo, una relación Sur-Sur en diversos campos, donde predomina el sector de la salud, aunque no es la única actividad en que se lleva a cabo el intercambio entre ambas naciones. Participan otras profesionales y entre ellas, ingenieros, geógrafos y arquitectos que forman parte de mi grupo de trabajo.

Nos distribuimos por el país y trabajamos como consultores, apoyando la actividad técnica, donde es necesario el asesoramiento a las autoridades locales.

Hoy nos toca hacer una visita al sur del país, en la región de Karas, un territorio más grande que Cuba, pero sólo posee 70 000 habitantes. Destacan sus bordes fronterizos con Sudáfrica y el Océano Atlántico, su lengua oficial, además del inglés, es el Nama y el Afrikáans. Posee las reservas más grandes del mundo de diamantes aluviales, otras actividades económicas son la pesca y la ganadería.

Es un territorio seco, donde se encuentran los desiertos de Namib y Kalahari. Alberga especies de animales y vegetales únicas en el mundo.

El carro demorado, todos estamos levantados desde horas muy tempranas,  por fin aparece, son cerca de las dos de la tarde, hay 5 00 kilómetros por recorrer, se me ocurre que a mis amigos y allegados, tal vez, le interesen viajar por la otra geografía, a mí me resultaba fascinante oír hablar de África, con su fauna y grandes sabanas, en mis días de estudiante.

Tal vez mis textos no tienen valor literario, pero puedo hacer crecer sus fantasías, en estos tres días de trabajo, cerca de la frontera con Sudáfrica, podremos conocer más este hermoso país.

Mis acompañantes, Mercedes y Rosa (Muma), ingeniera y arquitecta, el conductor un funcionario namibiano.

Hablamos durante el viaje en español, con la clásica locuacidad del latino. Parece, atormentado el nativo, escuchándonos, durante tantas horas, en la lengua de Cervantes, pero es respetuoso y no dice nada.

En el paisaje predomina la gran llanura, cubierta de un pasto raquítico, hace muchos meses que no llueve, algunas manchas verdes son pequeños arbusto de marabú esparcido en toda la superficie; es una zona ganadera, aunque no se observan animales.

El paño amarillo es roto por cadenas de montañas truncas, y aisladas colinas, que salpican el paisaje. Veo una manada de mandriles cruzar raudo la vía, están acostumbrados a la civilización.

La rica fauna africana es más exuberante hacia el norte, es común ver jirafas, elefantes, cocodrilos, hipopótamo… que sólo son visibles, en nuestros países, en las visitas al Zoológico.

Se observa, en el horizonte, un hermoso atardecer y una creciente luna llena. Las luces del pueblo son visible, nos espera en la calle, para indicarnos el camino, el arquitecto Emilio, brinda su casa para nuestra estancia, mañana empiezan los recorridos.

Crónicas desde Namibia: Viaje al Sur

Segunda Parte

Namibia es una nación de muchos contrastes: geográficos, económicos, sociales, culturales; en todo caso será el legado, que me llevo, cuando este hermoso país sea sólo un recuerdo en la memoria.

La región de Karas, cuya capital es el pueblo de Keetmanshoop, es la más septentrional de Namibia, separada de Sudáfrica por el majestuoso río Orange, el segundo más importante de África, con su más de 2 000 kilómetros de extensión.

El nombre de la región de Karas es de origen nativo, de la etnia Nama, que predomina en estos lugares; hace referencia al “quivertree” la planta más conocida en el país.

El pueblo de Keetmanshoop, una de las regiones administrativas de Namibia, situada en la encrucijada de dos importantes carreteras y sobre el ferrocarril Trans-Namib, es considerada la capital y centro económico del sur del país. Su población es de más de 20 000 habitantes.

Su origen fundacional se remonta a 1866, unos años antes se había establecido la sociedad misionera Renata para extender la fe a la población Nama local.

Durante la ocupación de Namibia, por el régimen del Apartheid, conocida entonces por África del Sudoeste, la ciudad sirvió como capital administrativa del batustán de Namaland.

Siguiendo con nuestro historia, el pequeño equipo cubano empezó una nueva jornada de trabajo, la arquitecta Rosa y la ingeniera Mercedes, viajaban más al sur para participar, en el chequeo de una obra de infraestructura técnica en un asentamiento local.

Yo permanezco en el pueblo de Keetmansoop para visitar las oficinas de mis colegas, el arquitecto Emilio y la ingeniera Rosa, conocer de su labor y entrevistarme con autoridades locales para ventilar asuntos de trabajo. El tiempo restante era una magnífica oportunidad de ponerme en contacto con la cultural local.

La primera impresión citadina era positiva, comparativamente con otros asentamientos urbanos, el centro del asentamiento, presenta un adecuado nivel de urbanización, buen nivel de servicios, regulaciones urbanas que se aprecian en su entramado espacial y edificado.

Su población se distingue por sus peculiaridades raciales que la diferencian de otras etnias nativas africanas, son de corpulencia pequeña, y de un tono de piel relativamente claro.

No podía dejar de notar lo atractivo de sus mujeres, con sus acentuadas curvaturas. Leí en algunas parte que estas formas anatómicas están asociadas a una mejor capacidad de la mujer de tener una exitosa fecundidad, tal vez de ahí los estereotipos de la belleza femenina, donde la sabia naturaleza juega su papel al preserva la especie con la selección de sus mejores ejemplares, pero tranquilas, mis colegas, en este mundo hay espacios para todos los gustos.

Al ver a las Namas caminar por sus calles no podía dejar de sonreír al recordar a un conocido locutor de la radio cubana que decía algo    así, – oiga amigo, dígame la verdad, usted conoce algún cubano que no se le haya torcido “el pescuezo”, más de una vez, al ver pasar una hermosa criolla.

El Nama es una lengua caracterizada por el uso de chasquidos, en la actualidad la mayoría de los Nama hablan el afrikáans.

Un nativo me explicó que el chasquido, que produce un sonido, que a mí se me antoja que suena igual que cuando descorchamos una botella de Sidra, se produce para representar el acento o la fuerza de pronunciación en las palabras.

En los hitos constructivos de la ciudad destacan la parte edificada por los primeros inmigrantes europeos, fundamentalmente alemanes, donde la iglesia Renana de la misión, edificada en 1895 es uno de sus mejores exponentes con sus moldes góticos y su arquitectura de piedra, hoy es un museo que fue declarado Monumento Nacional en 1978.

Esta joya maestra de la arquitectura del país, de apariencia rústica, pero con una belleza plástica que evoca con fuerza épocas pasadas y los orígenes de sus primeros pobladores.

Con las últimas fotos del atardecer termina mi trabajo de reportero aficionado, mañana nos esperan casi 500 kilómetros de recorrido a topar con el borde fronterizo con Sudáfrica y unos de sus principales accidentes geográficos, el río Orange.

Crónicas desde Namibia: Viaje al Sur

Tercera Parte

Salimos temprano en la mañana y yo estoy pensando qué tenido mucha suerte con este interesante viaje de trabajo, el paisaje me recuerda los bellos paisajes del sur de la provincia cubana de Granma, pero sin el mar y el verdor de nuestras montañas. Aquí la aridez del desierto que nos rodea por el oeste y este va definiendo la flora y la fauna del lugar.

En mi mente me imagino un gran parque temático que nombraría “Grupo Orográfico Sur de Namibia”, sería el paraíso de los geólogos y el placer de los que sólo admiramos el paisaje, que inunda todo nuestro campo visual.

En esta tierra parece haberse combinados todos los accidentes geográficos: pequeñas colinas brotan por doquier en la inmensa llanura, otras veces son mesetas que se extienden durante kilómetros, las montañas adquieren formas caprichosas, masas rocosas desprovistas de vegetación, montañas cubiertas de arenas, elevaciones verdes, azules, negras, los yunques se crean en zonas elevadas, desgastada por la erosión, tal vez en millones de años, y sobre todo un cielo azul increíble, siempre creí que el cielo del trópico tenía esa primicia. Nuestro equipo participa en el chequeo de obra de una futura urbanización, por ahora se ejecuta su infraestructura técnica.

Las actuales viviendas de los pobladores del lugar hacen pensar en un país de contraste; al fondo se observa las aguas del gran río sudafricano. La aridez del lugar sugiere un paisaje marciano, pero de un atractivo paisajístico único.

Emprendemos la retirada cargados de recuerdos imborrables, debemos desandar, al menos, 1 000 kilómetros para llegar a la capital.

Arribamos justo una hora antes de la actividad prevista para celebrar  un  Aniversario más de la Independencia de Venezuela,  ¨…y sin sacudirse el polvo del camino”, recordando a José Martí, nos unimos a la comunidad latina para celebrar esta fiesta de “Nuestra América”.

(Foto del autor, Sur de Namibia,  premiada en el concurso de fotografía del periódico Juventud Rebelde, junio 2017)  http://www.juventudrebelde.cu/multimedia/fotografia/la-mirada-del-lector-concurso-de-junio/jose-zayas/

 

(Crónicas actualmente en construcción)

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1 comentario

    • ney on 29 junio, 2017 at 11:55 am
    • Responder

    Interesante y hermosa crónica gracias de verdad no conocía mucho de Namibia y mucho menos de su historia y costumbres

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