Sep 26

Más que para gusto, se han hecho los colores.

Por: José Alberto Zayas Pérez

Les ofrezco: cinco grados menos de temperatura en el interior de su vivienda. Demando: unos minu­tos de su tiempo.

No hay que esperar una centuria para padecer los cambios bruscos en el aumento de la temperatura. Hay que pasar de la etapa de preo­cuparnos por los cambios climáticos a ocuparnos en acciones concretas en los disímiles campos del saber.

Los problemas deben dejar de in­quietarnos para realizar lo que nos corresponde; pienso en las situacio­nes bioclimáticas de muchas de nuestras viviendas, asociadas a su diseño o construcción, en algo apa­rentemente tan intrascendente como los colores con los que pinta­mos, enchapamos o cubrimos los pisos de casas, instalaciones pro­ductivas, de servicios o espacios pú­blicos.

En las últimas décadas, los proble­mas climáticos asumen el protago­nismo: huracanes, fuertes lluvias, inundaciones, prolongadas sequias, elevación de la temperatura…, obli­gando a perfeccionar los planes de contingencia ante los retos de la na­turaleza.

Sabemos que en la mayor parte de los casos se sustituye la vivienda tradicional por una casa provista de cubierta con losa de hormigón arma­do (placa), buscando mayor seguri­dad, calidad y duración y, en no pocas ocasiones, su diseño y cons­trucción revelan serias deficiencias en su comportamiento bioclimático.

El término diseño bioclimático o arquitectura bioclimática es relati­vamente reciente. Radica en optimi­zar la relación hombre-clima mediante la forma arquitectónica.

La arquitectura bioclimática consiste en el diseño de edificios tenien­do en cuenta las condiciones climáticas, aprovechando los recur­sos disponibles: sol, vegetación, llu­via y vientos para disminuir los impactos ambientales.

Leí en un artículo, de una enciclo­pedia digital, que los altos puntales se consideran recurso esencial para el diseño bioclimático en climas como el de Cuba, lo cual es válido cuando se trata de edificaciones de una sola planta con cubiertas ligeras expuestas a la radiación solar, pues el puntal alto aleja de las personas la fuente emisora de calor radiante, por tanto, de la sensación de calor percibido.

En cubiertas pesadas, el efecto de la elevación del puntal en la tempe­ratura apreciada es despreciable, por eso la decisión de diseño no se justifica desde el punto de vista eco­nómico.

Mejores resultados podrían obte­nerse reduciendo la capacidad de luz absorbida por la superficie exte­rior de la cubierta. Por ejemplo, con solamente pintarlas de blanco, la sensación térmica interior puede re­ducirse hasta en cinco grados.

En el diseño de las nuevas urbani­zaciones se observará en su trazado la dirección de los vientos predomi­nantes para favorecer el régimen de brisas en los espacios edificados, que contribuya a disminuir la radia­ción solar; además de una adecuada orientación de las instalaciones con respecto a la luz solar, en dependencia de las actividades a realizar. En el mismo sentido, el uso de colores claros en la edificación disminuye la sensación térmica.  El empleo de la vegetación reduce el efecto de la radiación solar y el calor absorbido por las edificacio­nes y los pavimentos, contrarresta el efecto de “isla de calor urbano”, que se caracteriza por su dificultad para disipar el calor durante las horas nocturnas, mejoran el microclima térmico, purifican el aire y modifi­can los patrones de flujo del viento.

Cumplí mi compromiso de divul­gar las maneras para mejorar la re­lación del ser humano con la naturaleza, solo espero con ansias el fin de semana, provisto de short, gorra, escoba, brocha y una tanque­ta de pintura blanca, para acometer la tarea.

Cinco grados menos de calentura dentro de mi vivienda es una oferta demasiado tentadora para no pro­bar, ahora que se acerca el verano, con su carga de agobiante calor.

( Temas consultados: Arquitectura bioclimática, Arquitecta. Doctora en Ciencias Dania González Couret. ISPJAE. Enciclopedias Wikipedia y EcuRed)

*http://lademajagua.cu/wp-content/uploads/2017/05/P–gina-3-2.pdf

Edición impresa 1334 del semanario La Demajagua, sábado 20 de mayo de 2017

 

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Mil árboles que crecen, hacen menos ruido que un árbol que se derrumba.

Por pura casualidad oí comentar a un colega que había presencia­do una escena inusual en una vivien­da donde su propietaria tenía colgado por una buena parte de las paredes de su casa carteles donde se leía, Prohibido cortar árboles, y re­cordé una frase dicha por Mahatma Gandhi en la cual expresaba: “Se puede vivir dos meses sin comida y dos semanas sin agua, pero solo se puede vivir unos minutos sin aire”.

Pensé en los retos que imponen los cambios climáticos y el esfuerzo que se asume para implementar me­didas que se anticipen a los proble­mas en cierne y sobre todo a un escenario desfavorable en un futuro inmediato o lejano.

Ante el incremento de las tempe­raturas, para el logro de un ambien­te de confort térmico, es sumamente importante considerar la masa verde de que dispone la ciudad, a la cual es preciso cuidar e incrementar.

Tengo la percepción de que en el asentamiento urbano donde vivo, en Bayamo, ese aspecto no ha sido ade­cuadamente asumido y es necesario hacer un alto y llamar a sus princi­pales actores a la reflexión.

Los planes de crecimiento urbano o las acciones puntuales en el espa­cio físico, también inciden en la re­ducción de los espacios verdes. Otras veces es la acción del hombre, con la mala selección de las especies a plantar en jardines y espacios pú­blicos.

La siembra de árboles en estre­chos parterres o área de estar, igno­rando las agresivas raíces superficiales, como el ficus benjamina, conocido comúnmente como fi­cus laurel, está propiciando la muerte anunciada y prematura del árbol cuando sus raíces desborden el reducido espacio de contención donde fue plantado, antes de que los ciudadanos puedan disfrutar a ple­nitud de la ansiada sombra en el tórrido espacio caribeño.

Recordemos que, como señala un interesante documento del grupo de desarrollo de la ciudad de La Haba­na, “una calle con árboles tiene cua­tro veces menos polvo que la que no se encuentra arbolada; una copa de cinco metros de diámetro produce el oxígeno que necesita una persona, y 150 metros cuadrados de hojas producen diariamente oxígeno sufi­ciente para 10 personas”.

Otras veces pasamos a los extre­mos y largas avenidas o calles son adornadas con hermosas arbusti­vas, como la palmita anillada, que ofrecen agradables visuales desde la vía y un tormento calórico al peatón que circula por esos espacios des­protegido del ardiente sol.

La ciudad tiene muchos ejemplos palpables de esa realidad, lo triste es que en las nuevas intervenciones se repita esa mala práctica en el tipo de especie a sembrar, parece ser que se cumple el dicho popular de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos, y hasta más veces, con la misma piedra.

En nuestras manos está la solu­ción, quizás bajo el espíritu de un proverbio griego que expresa, “una sociedad crece bien cuando las per­sonas plantan árboles, cuya sombra saben que nunca disfrutarán”.

Ahora, los afortunados de mi ge­neración debemos recordar las pala­bras de Jacques Yves Cousteau y actuar en consecuencia: “Las futuras generaciones no nos perdonarán por haber malgastado su última oportunidad y su última oportuni­dad es hoy”.

Mil árboles que crecen, hacen menos ruido que un árbol que se derrumba.

*http://lademajagua.cu/wp-content/uploads/2017/03/P–gina-3.pdf

Edición impresa 1323 del semanario La Demajagua, sábado 4 de marzo 2017

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Sin fecha en el calendario

Vi con asombro un programa de televisión en el que entrevista­ron a una conocida periodista, ya jubilada. Ella expresaba su frustra­ción por el aparente olvido de la directiva de su entidad.

Siento el impacto de sus palabras por los hechos narrados, viniendo de alguien recordada por su profesionalidad y que marcó la vida de generaciones de cubanos amantes del deporte.

Pero no es tan insólito lo narrado, lamentablemente se acerca dema­siado a la cotidianidad.

Pasado el momento de la jubila­ción, se desvanecen, poco a poco, los vínculos con el centro laboral, y se relega al jubilado por los principales actores donde ejerció (por suerte, existen honrosas excepciones).

Quizás, si el arrepentimiento por tanto esfuerzo tocara a la puerta del retirado, no sería por su noble labor de muchos años, por lo aportado, sino, debido al costoso error huma­no, a la responsabilidad del que ol­vidó atenderlo, ahora, en la blandura de su vejez.

Es obvio que los retos que impone la vida, muchas veces, dificultan hacer un alto para pensar en este asunto, lo cual no exime de culpa; solo queda la reflexión mesurada y las acciones reparadoras a analizar en los consejos de dirección, las sec­ciones sindicales o los colectivos de trabajadores, a fin de subsanar tales penosos deslices.

Los jubilados forman parte de la memoria institucional, como lo son todos, en especial aquellos que ya rondan la edad de retiro, y sentimos que falta el acto público, el recono­cimiento oportuno, expresarles cuánto significan para sus compa­ñeros. Aunque pensemos que queda mucho tiempo, esa puede ser nues­tra propia realidad.

Mientras, busco la forma de agra­decer a mis colegas, en el micro mundo de mi espacio laboral, de reconocer a quienes entregaron o entregan sus vidas a la labor diaria, impregnado de la lógica de un refrán chino: un camino de mil pasos co­mienza en un solo paso.

Por ejemplo, a Gabriel, un veterano compañero de labor, no está enfermo, aún le faltan dos años para tener edad de retiro; pero, ¿por qué esperar un “momento adecuado” para decirle cuánto lo apreciamos?, ¿por qué no aprovechar hoy, ahora, para manifestarle lo mucho que el colectivo le agradece en el plano profesional y humano?

Él nació en un humilde hogar, tercero de 11 hermanos, en un pequeño asentamiento rural del municipio de Jiguaní, conocido como la Cañada del Aguacate.

El sitio para el colectivo es motivo de chanza, por las constantes referencias que hace a su lugar de origen, al parecer fuente inagotable de refranes y peculiaridades propias del lenguaje, que hace pensar en una especie de endemismo idiomático.

Lo importante es comenzar ya, la forma de la deferencia con los suyos está en sus manos, por mi parte, escribo sin formalismo, saludo a Gabriel, no importa que no haya fecha importante por celebrar en el calendario. (27/mayo/2017)

* http://lademajagua.cu/edicion-impresa-1335-del-semanario-la-demajagua-sabado-27-mayo-2017/

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