Ignoto corazón

La esquina

Un recorrido por la geografía namibiana, por motivos de trabajo, es una buena oportunidad para ventilar asuntos laborales con colegas de profesión vinculados a las actividades constructivas que desarrollamos, pero es además un buen momento para conocer a este país, que a mí se me antoja sorprendente, a pesar de una lacónica caracterización que habla de un territorio limitado por dos desiertos, Kalahari y Namib y una Meseta Central.

Con lo cual podríamos suponer   un paraje poco atractivo y resulta todo lo contrario, donde a cada instante descubrimos atrayentes paisajes, no sólo en los vastos espacios, sino en sitios puntuales capaces de llenar las expectativas de los que se acercan a estos seductores escenarios.

Unos 360 kilómetros separan a Windhoek, capital de Namibia, del asentamiento urbano de Swakopmund por eso temprano en la mañana nos ponemos en movimiento.

El carro atraviesa la principal calle comercial, ausente aún del intenso flujo vehicular y de peatones, sólo la figura de un señor parado en solitario en una esquina de la urbe destaca en la quietud de la calle.

Eso me hace recordar que en los viajes al trabajo dirigía siempre la mirada a este enigmático señor, ya entrado en años, que permanece estoicamente en una esquina de la arteria comercial indiferente al cambiante clima del lugar, que hace pensar, no sé por qué, en el popular y desvariado personaje cubano, hace algún tiempo fallecido, conocido como, Caballero de París.

El namibiano no parece despertar la curiosidad de sus impasibles compatriotas y sí la indagación de mis colegas cubanos que realizan oscuras conjeturas sobre la pérdida de un familiar en esta esquina de la ciudad.

¿Cuál será la verdadera razón que ha llevado a este pobre hombre, de forma compulsiva, a volver cada día al mismo sitio en más de una década?  Sin duda, resulta difícil conocer las extrañas razones que mueven las pasiones de los seres humanos.

La bruma

Dejando  atrás  la ciudad emprendemos el largo y monótono recorrido caracterizado por grandes extensiones de terreno donde crece un pasto de color amarillo opaco golpeado por una persistente sequía propia de esta época del año.

Contados  asentamientos aparecen a lo largo de la vía, los cuales  se van haciendo cada  vez más escasos hasta desaparecer totalmente, enfrentándonos a  un brusco cambio del paisaje, que abre su perspectiva visual  para permitirme  observar el  imponente desierto de Namib,  donde la única actividad humana que   se percibe es el ligero  tránsito por la ruta de comunicación en la que viajamos y cercanas explotaciones mineras donde destaca la mina de uranio a cielo abierto más grande del mundo.

Extensos espacios desprovistos de vegetación son salpicados por formaciones de montañas. Desde el horizonte parecen tomar coloración azul oscuro o negra, matizado por grandes manchas blancas, estas últimas resultado de los grandes depósitos de arenas que se acumulan en su base arrastradas por los vientos, dándole un inusual aspecto, adicionándole un valor agregado al ya inusitado panorama.

Sin que nos percatemos, el clima cálido dotado de   un cielo azul intenso, que hace evocar al lejano trópico, empieza a ser cubierto por la bruma que se aprecia más acentuada en el horizonte, anunciando la proximidad de la costa Atlántica, donde se ubica el asentamiento urbano de Swakopmund, capital administrativa de la región de Erongo.

La neblina parece cubrir amplias zonas costeras adentrándose varios kilómetros tierra adentro,  originada por la corriente de Benguela que es una corriente de aguas frías que se dirige al norte siguiendo la costa oeste de África y produce densas nieblas oceánicas la mayor parte del año; responsable en el pasado, junto con las fuertes marejadas y la existencia de peligrosos bancos de arenas, de un cementerio de barcos depositados en su costa en la zona conocida como “Costa de los Esqueletos”, en referencia a los pecios precipitados hacia su litoral y devorados lentamente por  la agreste naturaleza del lugar.

Un encapotado cielo gris, acompañado de la percepción de una fuerte humedad y una inesperada temperatura fría nos da la bienvenida a la ciudad de Swakopmund.

Sin tener información previa, en mi primera visita a la ciudad, del que sólo conocía el inexacto término de afortunados colegas que lo describían, como un lugar bonito. Pobre calificativo para designar un espacio único, por no decir mágico.

Su mercado de artesanías se destaca por la diversidad de las piezas trabajadas en madera y piedras del lugar. Inseparable a esta actividad económica, mujeres  himba del norte de Namibia, con sus hijos acuesta, formando parte del ambiente del emplazamiento, en un intento por buscar un sustento para su familia a expensas de los curiosos turistas que visitan el sitio.

La Arquitecta

Vistosas señaléticas anuncian  nombres de calles y anuncios publicitarios en idioma afrikáans, la lengua de los antiguos colonizadores nativos. El panorama visual parece estar impregnado de un carácter novelesco  con sus hermosas e impecables construcciones que adornaban la urbe, reflejo de la arquitectura de estilo colonial alemán, que se nos muestra en buena parte de su entramado urbano.

El espíritu germánico  ronda aún por estas tierras, para orgullo de los descendientes de los antiguos colonizadores, revelándonos un espacio propio de vitrina urbana. En un vano  intento de hacernos olvidar su pasado colonial, teniendo el triste mérito de haber  albergado en su suelo  uno de los campos de exterminios creados en estas tierras, que segó la vida de una buena parte de las etnias, nama y herero, identificándose como los  precursores de los primeros intentos de genocidios del siglo XX. Historia antecesora de los campos de la muerte nazis   que se hicieron tristemente famosos a sitios como Auschwitz.

Toda esta mezcla de ingredientes, sociales, constructivos, idiomáticos, climáticos e históricos me hacían pensar en una absurda paradoja  en que era posible viajar en el tiempo, desde esta tierra africana a la Europa milenaria, en especialmente a Alemania,  lo que no deja de provocarme fuertes evocaciones de juventud.

De aquella tumultuosa época recuerdo con fuerza a Hala, estudiaba en la misma universidad donde yo me encontraba. De ella sólo conocía su origen yemení.

A mi primer intento de presentarme de forma familiar, como es común en mi país y buena parte del mundo occidental, dio  un gran salto hacia atrás y dijo en un alterado inglés.

– No toques mi cuerpo.

El roce diario e intereses comunes nos unieron. Con sorpresa descubrimos que el traje social que nos arropaba, no nos hacia sustancialmente diferente.

Los fines de semana era un encuentro obligado visitar el centro de la capital alemana, aún dividida por el muro de Berlín.

– ¿Qué estilo arquitectónico es ese? – me preguntaba. Indagando una y otra vez. Ella amaba los inmuebles notables de la urbe.

La última vez que la vi corría sobre el andén del tren en un nostálgico adiós.

Ahora la guerra es causa de dolor y muerte en su país, destruyendo su vital espacio edificado. Nada sé de ella. Ojalá se encuentre a salvo.

El Muelle*

El chofer namibiano me  saca de mis meditaciones y me pregunta dónde puede localizar a mi colega de labor en la ciudad. Le indico, y establecido el contactado, me acojo a la hospitalidad de mi coterráneo que no ignora la impaciencia que tengo por mirar algo de la belleza del lugar antes de la ya próxima caída de la noche.

Las fotos que logré tomar no le hacen justicia a la ciudad, la bruma y el atardecer conspiran con la calidad de las imágenes. Así que bien temprano en la mañana reto a la suerte, sólo dispongo de menos de una hora antes empezar un nuevo contacto de trabajo, es de hecho mi última oportunidad de llevarme unas instantáneas del sitio.

El apremio del tiempo obliga a ser selectivo en el espacio a visitar por eso prefiero concentrarme en su franja costera que suelen dar el sello distintivo a la mayoría de las afortunadas ciudades que disponen de este regalo geográfico.

Dentro de este entorno, el muelle de la ciudad costera de Swakopmund es especialmente llamativo. Veo un  cartel en inglés con el nombre, ¨Jetty¨, que identifica el lugar que yo asocio, erróneamente,  al mediatizado ¨Yeti, el abominable hombre de las nieves¨, reforzada esta creencia por una rústica escultura de un hombre primitivo sentado, esculpida en piedra,  que parece dar la bienvenida a los emocionados visitantes que quedan atrapados por   la belleza del paisaje marino.

La contemplación de la franja costera queda rota por una señora que no deja de sonreír mientras se acerca al espacio donde me encuentro.

-¿Le gusta la ciudad?- me pregunta con una inusual familiaridad.

Le confieso que es un sitio único. Mis palabras parecen iluminar su rostro.

Se ve que usted entiende – me dice enigmática.

¿Está de paso? – La interrogo curioso, tal vez, porque la había observado hacer fotos con su celular.

Vivo aquí hace muchos años, pero todos los días, vuelvo al lugar a tomar nuevas instantáneas – me responde nostálgica.

-¿Acaso no son las mismas imágenes? – se me escapa una interrogante desafortunada.

-¡No!, cada día encuentro sutiles detalles diferentes que me hacen volver a este sitio de añoranza – me expresa con énfasis, y cierto enojo a la vez.

Sus ojos azules me miran con desilusión, frunce el ceño, da media vuelta y se marcha sin despedirse.

La veo desvanecerse en la neblina que envuelve toda la ciudad, causada por la corriente fría de Benguela.

Me pregunto, ¿qué sentimiento quedó inconcluso en esta señora que todos los días se repite a sí misma, tratando de encontrar algo que se perdió?

En mi mente, la opresiva duda. ¿Acaso será una nueva Penélope?*

El recorrido ha concluido, no hay tiempo para más, ahora emprendo el camino de regreso con la sensación de haber realizado un viaje, o tal vez, algo más que un viaje, por el ignoto corazón de su gente.

*El Muelle, Premio Vértice de cuentos breves, auspiciado por el periódico La Demajagua y la  colaboración  de la Unión Nacional de Escritores y Artista de Cuba.

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