Solo conozco su nombre. Se llama, Fanny

Dormitorios del Instituto Politécnico de Bayamo

Soy un planificador o urbanista como se suele decir. Por necesidad de la Planificación Física, una entidad que se encarga de ordenar los territorios y sus espacios urbanos, hace tres años que combino el trabajo profesional con la docencia a estudiantes que transitan por una etapa muy especial de sus vidas, la adolescencia, con todo su significado para padres y educadores.

Doy mis clases en un Instituto Politécnico de la enseñanza Técnico-Profesional en la ciudad de Bayamo, que las personas identifican tan solo como, la Escuela Técnica. Actualmente se imparten más de 40 especialidades y posee una matrícula superior a los 1 000 alumnos.

Un bonito espacio, de varias hectáreas de extensión, donde las instalaciones educacionales se integran con la naturaleza en perfecta armonía. Las aulas docentes tienen cubiertas quebradas, que alguien creyó ver un cierto mimetismo, en la forma, a las cercanas montañas de la Sierra Maestra, o sus grandes naves, para oficios diversos, con un peculiar perfil de sus techos inclinados que dejan pasar la luz, facilitan la ventilación y el rápido escurrimiento de las abundantes precipitaciones del trópico.

Su salón de reuniones, oficinas y dormitorios son contenidos por edificaciones sólidas, donde prevalece la simplicidad formal de sus líneas, se enfatizan los ángulos rectos, las líneas vivas resaltan dentro de la geometría rectangular de los inmuebles. En su planta baja deja abierto parte del espacio para lograr amplios pasillos que facilitan el acceso peatonal y permite protegerse de las inclemencias del tiempo. Sus códigos se corresponden con el Movimiento Moderno en sintonía con la época en que fue edificada.

Su instalación de servicio, donde radica el comedor de la escuela, está conformado por paraboloides hiperbólicos enlazados, que como sombrillas gigantes, cubren grandes luces y le dan belleza y funcionabilidad a un centro que ya se acerca a su casi medio siglo de fundado, en su concepción actual y que por la preservación de sus valores ha sido merecedora, por el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, del Premio de Conservación y Restauración de Monumento, en la categoría de Mención, a este destacado centro educacional.

Como profesor tengo dos grupos de estudiantes que transitan por diferentes niveles. Se manifiestan con todo el esplendor de su edades, y es precisamente la curiosidad una de sus características más representativa.

Recuerdo cierto día, que, en medio de la aplicación de un trabajo práctica, una estudiante levantaba la mano insistentemente, me mira con llamativos ojos, en pura competencia con sus inquietos dedos que parecen estar suspendido en el aire.

A pesar de no atender su reclamo, ella pregunta igual.

– Profe ¿quién hizo la escuela?

Me desconcierta, solo pienso en una salvadora respuesta, el término expresado es vago. Recuerdo haber visto en un lateral de un aula docente la reproducción de un texto en la pared, de un dirigente que está asociado a muchos de los sueños de la educación en Cuba, ¨…Ray: atiende a estos muchachos. Vale la pena que hagan un esfuerzo por construirle el edificio…¨ barajo las posibles respuestas: Fidel, Ray, ingenieros, arquitectos, carpinteros, plomeros, albañiles y un largo etcétera, estaba en una difícil coyuntura para responder. Veo la risa burlona de la estudiante que cree ponerme nuevamente en una situación complicada.

-Bueno, profe, mejor, ¿quién hizo los planos? – pregunta de forma picaresca.

Sé, por mi profesión que una obra es trabajo de muchos, y lo que conocemos hoy como la Escuela Técnica, es un proyecto que fue creciendo por etapas, y varios son los protagonistas de su creación, algunos necesitan ser rescatado del olvido, otros permanecen en la memoria colectiva,  como el caso de la  arquitecta que trabajó y dejó su huella en el centro educacional, para luego desaparecer bajo los avatares de la vida.

Solo conozco su nombre. Se llama, Fanny – respondo, reflexivo, pero  con honestidad y cortedad.

– ¿Y, ya?- Me interroga incrédula.

– No se preocupen, indagaré todo lo que pueda sobre ella -respondo sin firmeza, preocupado por la falta de una información confiable.

No dejo de pensar en todo el inmenso espacio construido que nos rodea y que una parte de los inmuebles más antiguos, como tumbas sin nombres, permanecen en total anonimato, incluso para la mayoría de las personas que lo aprecian o hacen uso cotidiano de ellos. Ajenos a las historias de su creación y sus autores. Muchas veces sin la limosna de una pequeña tarja que lo identifique para el conocimiento de las futuras generaciones.

La vida sigue su curso, y un nuevo trabajo docente, con mis estudiantes en un barrio emblemático de la ciudad, absorbe mi tiempo. La visita al hogar de un señor, en el que aprecio valores arquitectónicos no reconocidos hasta ese momento, propicia la charla.

– Esta casa la diseño Fanny- dice el anciano de forma orgullosa, adelantándose a una posible interrogante.

– ¿Quién es Fanny? -ahora soy yo el que interrogo, ante una posible y sorpresiva coincidencia, trastocando los papeles de antaño con mi curiosa estudiante.

-No sé, todo el mundo en aquella época le decía Fanny, la arquitecta argentina.

Eso me hace recordar mi promesa incumplida, y el deseo de saber más de la vida profesional y humana de esa colega que dejó sus huellas en la ciudad de Bayamo, en muchas ciudades y campos de Cuba, muy lejos de su tierra.

No dejo de evocar la imagen poética de Fina García Marruz, mencionada hace unos dias por el historiador de Ciudad de La Habana Eusebio Leal, en el XVI Congreso Internacional de Ordenamiento Territorial y Urbanismo, y que ahora se hace para mi más visible en su contenido, cuando expresó ¨…Cuando todos lo olviden, los recordarán las piedras¨ y sería una pena que ocurriera, en este caso, un olvido prematuro sobre la obra edificada, más allá de la fragilidad y finitud de la vida humana.

Así, que ahora, no me queda más remedio que investigar y aceptar el reto, se lo debo a ellos, y esperar la benevolencia, y ayuda, de mis cercanos colegas de trabajo, o los que viven en la capital del país o un poco más allá, en la tierra del sur que vio nacer al Che, donde está la fuente de información más importante.

Recuerdo que cierta vez escribí un artículo que intitulé , ¨Con el Traje Prestado¨, donde narraba con imágenes y textos, las peripecias que debí asumir, como fotorreportero de ocasión, para cubrir la estancia de una importante delegación cubana a tierras africanas, donde yo me encontraba desempeñando mi habitual labor técnica, tal vez me invitaron por aquel refrán criollo que dice ¨a falta de pan, casabe¨, ante la ausencia de un profesional de la noticia, o quizás, porque ya conocían mi afición por la fotografía, y el deseo manifiesto de comunicar ideas, en cualquier caso la experiencia fue única, y el agradecimiento permanente a los que confiaron en mí.

Ahora asumo este nuevo rol, con un noble propósito, darle a conocer a un público muy especial, la génesis de su escuela, y sobre todo poder mostrar a la profesional que dejó su tierra, en plena juventud, para regalarnos su proyecto social, urgido, tal vez, por ideas y reclamos que no podía rechazar. Por eso más allá de conocer un nombre y una obra, me interesaría tratar de acercarme a la persona, que vivió en una época llena de sueño y esperanza por un futuro mejor.

(Continuará en Parte II)

 

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