Gabriel, el geógrafo de la Cañada del Aguacate

Gabriel no está enfermo, ya pasó la  edad de retiro,  entonces por qué esperar un momento adecuado para hacerlo y no aprovechar hoy, ahora,  para expresarle lo mucho que el colectivo de labor le agradece en el plano profesional y humano.

Nuestro amigo es un personaje singular, suele  expresar su enojo cuando pronuncian incorrectamente  su nombre y lo llaman Grabriel, se queja del equívoco involuntario en el registro civil de su pueblo sobre el nombre escogido por su madre doña Meca en honor al Arcángel Gabriel.

Quesada Reyes es nuestro colega de labor desde hace más de 35 años. Nació en un humilde hogar, en un pequeño asentamiento rural de la provincia  cubana de Granma, conocido como la Cañada del Aguacate.

El lugar del nacimiento, para el colectivo es motivo de chanza por las constantes referencias que hace Gabriel a su lugar de origen de donde parece provenir una fuente inagotable de refranes y peculiaridades propias del lenguaje.

A sus desconcertantes frases sus colegas de labor le llamamos Gabrieladas.

A sí, cuando un estudio  técnico se le atrasa a un compañero de labor, él recomienda darle a comer huevo de hormiga, al infortunado cachazudo.

Si descubre una actitud vacilante en su contraparte sentencia de forma prejuiciosa, a modo de chanza, que esa persona debió comer mucha lechuga y por eso él lo ve pestañando lento.

Cuando el jefe del área lo agobia con muchas tareas se defiende con aquello de que el perro tiene cuatro patas y coge por un solo camino…

Por eso cuando el hombre de campo decidió irse a  la ciudad no se marchó sólo, lo acompañó todo el acervo  cultural heredado capaz de sorprendernos con  sólidos conocimientos en algunas temáticas ambientales y desdoblarse para mostrar una candidez  asombrosa en temas más mundanos.

Después de pasar el servicio militar empezó a trabajar en el llamado Puesto de Mando del Yarey en  la antigua provincia de Oriente, caracterizado por su centralidad geográfica.

Desde su modesto puesto de administrador de la bomba de gasolina del lugar estaba lejos de imaginarse que a sólo unos cientos de metros de distancia otros bisoños y futuros colegas de labor iniciaban su vida laboral.

En el abigarrado conglomerado del ya fenecido  Puesto de Mando se  formaron muchos de los especialistas que nutrieron las nacientes formaciones de planificadores físicos.

Con el apoyo de su jefe inmediato y su  interés de estudiar marcha a la ciudad de La Habana y comienza a trabajar en un centro laboral, que a mí se me antoja que Gabriel lo pronuncia en cámara lenta enfatizando las palabras mágicas, Consejo de Estado, y después pone   mucho más velocidad al  refiere a su oficio específico, almacenero de  la institución.

Y así, en esos juegos del azar, el guajiro de la Cañada del Aguacate matriculó en la Universidad de La Habana la carrera de Licenciatura en Geografía. Ya graduado la casualidad interviene y una oferta de plaza lo detiene desde hace más de tres décadas en la ciudad de Bayamo.

Desde entonces Gabriel realiza múltiples tareas como geógrafo, pero hay una que parece quijotesca, una verdadera batalla contra Molinos de Vientos, en los más de 30 años de duro bregar, en el estudio de los nombres geográficos.

En estos días lo veo feliz, sube y baja escalera, pregunta aquí, indaga allá, trabajo tiene en demasía,   se prepara la edición de un libro sobre los nombres geográficos , estoy seguro que será consulta obligada sobre cualquiera estudio serio en que se aborden los más diversos temas del panorama cubano.

Por ahora Gabriel sonríe, sin apenas sentir el peso de más de 35 años de trabajo ignoto y ya, sin una brizna  oscura en su corazón, como buen hombre llano, parece parafrasear al Quijote y lanzar una expresión de alegría, ¡Cabalgamos Sancho! En hora buena amigo.

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