Páginas de un ex colaborador

La Esquina

Un 360 kilómetro separa a Windhoek, capital de Namibia, del asentamiento urbano de Swakopmund. Por eso, temprano en la mañana, nos ponemos en movimiento para un rutinario contacto de trabajo que yo aprovecho para conocer más a este sorprendente país.

El carro atraviesa la principal calle comercial, ausente aún del intenso flujo vehicular y peatonal, sólo la figura de un señor parado en solitario en una esquina de la urbe destaca en la quietud de la calle.

El chofer de repente detiene el auto, se disculpa y apura el paso en dirección a un mercado cercano. La pausa me ayuda a recordar que en los viajes diarios al trabajo dirigía siempre la mirada a este enigmático señor, ya entrado en años, que permanece estoicamente en una esquina de la arteria comercial indiferente al cambiante clima del lugar.

El namibiano no parece despertar la curiosidad de sus impasibles compatriotas y sí la indagación de mis colegas cubanos que expresan las más oscuras conjeturas sobre la pérdida de un familiar en esta esquina de la ciudad.

Supongo que esa es la razón que debe haber llevado a este pobre hombre, de forma compulsiva, en volver cada día al mismo sitio por más de una década.

Sin duda, resulta difícil conocer las ignotas razones que mueven las pasiones de los seres humanos.

Una estridente e imperativa voz, en el poco familiar idioma afrikáans, me saca de mi estado meditabundo.

– ¿Será un pariente cercano? – pienso compasivo, ante el aparente estado de desamparo del anciano.

Mientras el carro se pone en movimiento sigo escuchando un inidentificable, repetitivo, y ahora tenue sonido, que un desconocido profiere con marcada e inexplicable insistencia.

¡Sekuriteitswag! ¡Sekuriteitswag!! ¡Sekuriteitswag!!![1]

[1] Guardia de seguridad en idioma afrikáans.

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Dejando atrás la ciudad emprendemos el largo y monótono recorrido caracterizado por grandes extensiones de terreno donde crece un pasto de color amarillo opaco golpeado por una persistente sequía propia de esta época del año.
Contados asentamientos aparecen a lo largo de la vía, los cuales se van haciendo cada vez más escasos hasta desaparecer totalmente, enfrentándonos a un brusco cambio del paisaje, que abre su perspectiva visual para permitirnos observar el imponente desierto de Namib, donde la única actividad humana que se percibe es el ligero tránsito por la ruta de comunicación en la que viajamos y cercanas explotaciones mineras donde destaca la mina de uranio a cielo abierto más grande del mundo.
Extensos espacios desprovistos de vegetación son salpicados por formaciones de montañas. Desde el horizonte parecen tomar coloración azul oscuro o negra, matizado por grandes manchas blancas, estas últimas resultado de los grandes depósitos de arenas que se acumulan en su base arrastradas por los vientos, dándole un inusual aspecto.
Sin que nos percatemos, el clima cálido dotado de un cielo azul intenso, que hace evocar al lejano trópico, empieza a ser cubierto por la bruma que se aprecia más acentuada en el horizonte, anunciando la proximidad de la costa Atlántica, donde se ubica el asentamiento urbano de Swakopmund, capital administrativa de la región de Erongo.
La neblina cubre amplias zonas costeras adentrándose varios kilómetros tierra adentro, originada por la corriente de Benguela que es un flujo de aguas frías que se dirige al norte siguiendo la costa oeste de África y produce densas nieblas oceánicas la mayor parte del año; responsable en el pasado, junto con las fuertes marejadas y la existencia de peligrosos bancos de arenas, de un cementerio de barcos depositados en su costa en la zona conocida como “Costa de los Esqueletos”, en referencia a los pecios precipitados hacia su litoral y devorados lentamente por la agreste naturaleza del lugar.
Un encapotado cielo gris, acompañado de la percepción de una fuerte humedad y una inesperada temperatura fría nos da la bienvenida en la ciudad de Swakopmund.
Sin tener información previa, en mi primera visita al sitio, del que sólo conocía el inexacto término de afortunados colegas que lo describían, como un lugar bonito. Pobre calificativo para designar un espacio único, por no decir mágico.
Su mercado de artesanías se destaca por la diversidad de las piezas trabajadas en madera y piedras del lugar. Inseparable a esta actividad económica, mujeres himba del norte de Namibia, con sus hijos acuesta, formando parte del ambiente del emplazamiento, en un intento por buscar un sustento para su familia a expensas de los curiosos turistas que visitan el sitio.
Hechas las primeras diligencias de labor, me acojo a la hospitalidad de un colega de profesión que no ignora la impaciencia que tengo por mirar algo de la belleza del lugar antes de la caída de la noche.
Las fotos que logré tomar no le hacen justicia a la ciudad, la bruma y el atardecer conspiran con la calidad de las imágenes. Así que, bien temprano en la mañana, reto a la suerte, sólo dispongo de menos de dos horas antes empezar un nuevo contacto de trabajo.
El muelle de la ciudad costera es especialmente llamativo. Veo un cartel con el nombre, ¨Jetty¨, que identifica el lugar, que yo asocio, erróneamente, al mediatizado ¨Yeti, el abominable hombre de las nieves¨, reforzada esta creencia por una rústica escultura de un hombre primitivo sentado, esculpida en piedra, que parece dar la bienvenida a los emocionados visitantes que quedan atrapados por la belleza del paisaje marino.

El Muelle

Veo acercarse por su espigón a una señora sonriente.

– ¿Le gusta la ciudad? – me pregunta con una inusual familiaridad.

Le confieso que es un sitio único. Mis palabras parecen iluminar su rostro.

Se ve que usted entiende – me dice enigmática.

¿Está de paso? – La interrogo curioso, tal vez, porque la había observado hacer fotos con su celular.

– Vivo aquí hace muchos años, pero todos los días vuelvo al lugar a tomar nuevas instantáneas – me responde nostálgica.

– ¿Acaso no son las mismas imágenes? – se me escapa una interrogante desafortunada.

– ¡No!, cada día encuentro sutiles detalles que me hacen volver a este sitio de añoranza – me expresa con énfasis, y cierto enojo a la vez.

Sus ojos azules me miran con desilusión, frunce el ceño, da media vuelta y se marcha sin despedirse.

La veo desvanecerse en la neblina que envuelve toda la ciudad, causada por la corriente fría de Benguela.

Me pregunto, ¿qué sentimiento quedó inconcluso en esta señora que todos los días se repite a sí misma, tratando de encontrar algo que se perdió?

En mi mente, la opresiva duda.

¿Acaso será una nueva Penélope?

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Hacia el interior del asentamiento urbano vistosas señaléticas anunciando nombres de calles y anuncios publicitarios en idioma afrikáans, la lengua de los antiguos colonizadores nativos.
El panorama visual está impregnado de un carácter novelesco con sus hermosas e impecables construcciones que adornaban la urbe, reflejo de la arquitectura de estilo colonial alemán, que se nos muestra en buena parte de su entramado urbano.
En un país donde predominan las personas de color, la ciudad parece desmentir las estadísticas, con un claro predominio de la población blanca, al menos en la parte central del sitio, que impone su presencia en la vida comercial y social del lugar, aunque no ignoro las verdaderas razones de esta absurda realidad.
El espíritu germánico ronda aún por estas tierras, para orgullo de los descendientes de los antiguos colonizadores, revelándonos un espacio propio de vitrina urbana. En un vano intento de hacernos olvidar su pasado colonial, teniendo el triste mérito de haber albergado en su suelo uno de los campos de exterminios creados en estas tierras, que segó la vida de una buena parte de las etnias, nama y herero, identificándose como los precursores de los primeros intentos de genocidios del siglo XX. Historia antecesora de los campos de la muerte nazis que se hicieron tristemente famosos a lugares como, Auschwitz, en Polonia.
Toda esta mezcla de estilos arquitectónicos, raciales, climático, gráfico, idiomático, e histórico me hacían pensar en una absurda paradoja en que era posible viajar en el tiempo, desde esta tierra africana, a la Europa milenaria, en especialmente a Alemania, lo que no deja de provocarme fuertes evocaciones de juventud.

Hala

La arquitecta, estudiaba en la misma universidad alemana donde ambos realizábamos un curso de postgrado de la especialidad. De ella sólo conocía el nombre y su origen árabe.

En mi primer intento de presentarme de forma familiar, como es común en mi país y buena parte del mundo, reaccionó con un gran salto hacia atrás.

– ¡No toques mi cuerpo! – dijo en un alterado inglés.

El roce diario e intereses comunes nos unieron. Con sorpresa descubrimos que el traje social que nos arropaba, no nos hacía sustancialmente diferente.

Los fines de semana era encuentro obligado visitar el centro de la ciudad, aún dividida por el muro de Berlín.

– ¿Qué estilo arquitectónico es ese? – preguntaba, a modo de reto. Poniéndome a prueba una y otra vez.

Ella amaba los inmuebles notables de la urbe.

– Es una arquitectura clásica – afirmaba con timidez, al recordar de forma somera los estilos arquitectónicos alemanes.

La última vez que la vi recuerdo que vestía un suéter azul, con una larga falda negra y botas altas. Su expuesta cabeza mostraba un pelo color azabache que hacia un fuerte contraste con su piel.

Percibía, de forma viva, la emoción del momento reflejado en su rostro. Evocó su pequeño trote sobre el andén del tren, en un nostálgico, y ahora sé, definitivo adiós.

Con demasiada frecuencia leo, en creciente aprensión, que una injusta e interminable guerra es causa de dolor y muerte en su país, destruyendo su vital espacio edificado.

Por desgracia, nada sé de ella. Ojalá se encuentre a salvo.

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La himba

El chofer namibiano me saca de mi meditación y me pregunta por el nuevo itinerario, le indico poner rumbo norte, cerca de la frontera con el sur de Angola, en dirección del pueblo de Opuwo, capital de la región de Kunene.

Esta tierra fue conocida en el pasado como el bantustan de Kaokoland y hogar del grupo étnico himba, que está estrechamente ligado con los hereros, con quienes comparten sus orígenes; así como el idioma otjiherero.

Es unas de los territorios menos desarrollados del país, pero es a su vez uno de los lugares más atractivo que cualquier viajante puede encontrar, su topografía ondulada y la aridez marcada de su suelo, hace inviable el desarrollo extensivo de cultivo agrícola y sólo la ganadería parece prosperar en el lugar.

El contacto con su realidad hace pensar en una ventana al pasado al ver como se conservan vivas las tradiciones ancestrales de su pueblo.

Una nube de polvo parece envolver al lugar provocado por fuertes vientos que levanta el volátil suelo arenoso del pueblo de Opuwo. Entre la bruma aparecen sus insólitos personajes que conviven con tranquilidad con su agreste naturaleza.

Los himba llevan poca ropa, pero sus mujeres usan una gran cantidad de ornamentos al estilo de collares y brazaletes que le dan un semblante peculiar.

Mi primer intento de acercarme a la cultura de este pueblo comenzó con la tentativa de fotografiar una joven himba con su hijo sujeto a su espalda.

Ella me miró con curiosidad. Adelantándose a mi propósito, abrió dos veces seguidas sus manos. Era muy claro el mensaje, pedía 20 dólares namibianos, algo más de dos dólares estadounidense, por dejarse fotografiar.

La imité y abrí solo una vez mis dedos, ella pareció aceptar, con aparente resignación, y a su vez extrajo de un paño dos hermosas pulseras que incluyó como parte de un nuevo trato por 10 dólares namibiano más, comprendí el juego del regateo, y acepté.

Las fotografías se hacían difíciles en un ambiente de baja visibilidad por el fuerte viento y la alborotada arena del desierto.

Aun así, bajo el lente de la cámara, veía una cara tranquila, aunque inexpresiva. Su piel rojiza, adornaba su cabeza con largas trenza cubierta con igual mezcla de color ocre y terminaba en una especie de adorno en forma de borlas hechos con lana de oveja.

Hice un nuevo gesto, juntando las manos en mi cara, para aludir al lugar dónde duerme. En realidad, me interesaba saber la ubicación de su hogar, solo para recibir la impresión de que no entendió mi indagación.

Me dirigió una mirada escrutiñadora, dio una vuelta a mí alrededor, hizo un gesto de negación con la cabeza. Supongo que solo vio un extranjero cuyo único objeto de valor visible era su cámara fotográfica. Cruzó la calle e hizo una seña con la mano para que la siguiera, indicándome una pequeña tienda.

En el establecimiento abarrotado de mercancías estaba desierto, si exceptuamos un chino y dos empleados nativos que me miraron interrogantes.

La joven recorrió el local buscando algo. Pensé que era demasiado esfuerzo por tan pocas fotos, y decidí marcharme. La muchacha corrió hacia mí, repitió insistentemente mi último gesto y me llevó a un estante donde había un rústico cuchillo con su funda, no había más remedio, se lo compré, pero para mi sorpresa, no aceptó el regalo, ¿y entonces? No pude evitar la exclamación.

Marchamos sobre una vía de tierra. A poco más de un kilómetro del sitio, en un descampado, en medio de la nada, había pobres cabañas, algunos animales, muchas mujeres y niños, en contraste con los contados hombres que estaban visibles.

Caminamos hacia una vivienda de adobe, gajos y paja, ella me miró, abriendo sus grandes ojos, tocó el cuchillo y me señaló que lo depositara en el polvoriento suelo.

No había iniciado el gesto, cuando otras dos himba, que se acercaban a nosotros, retrocedieron al escuchar una fuerte voz de un hombre que salía de la choza, presumí que era el jefe de la aldea. Miró el presente, sonrió, y solo hizo un gesto con la mano.

Con lo que di por sentado su aprobación y la posibilidad de recorrer el pequeño lugar. Otras cabañas se agrupaban en el sitio, algunas mujeres realizaban diversas faenas acompañadas de sus hijos.

La himba que me había servido de guía me llevó hacia un grupo que se congregaba detrás de la choza, articulaban armónicamente un extraño sonido. En centro del gentío había una pequeña que era sostenida por su madre, con evidente aspecto de estar enferma.

– ¿Qué tendrá la niña, y qué dirán con esas plegarías? – murmuré en voz alta

 – Su canción – dijo con énfasis mi anfitriona.

Para mi sorpresa, por primera vez la oía articular palabras, en un inglés que pronunciaba de una manera muy peculiar.

 – ¿Sabes inglés? – pregunté ansioso, y lleno de esperanza a la vez, ante la posibilidad de poder cruzar el puente de la incomunicación que había creado la insondable lengua nativa, el otjiherero.

 – Su canción – volvió a repetir la himba de manera obstinada.

Seguimos recorriendo el sitio hasta la última cabaña y otra vez la escena se repetía, pero en otro ambiente. La centralidad del grupo era ocupada por una himba adulta que se veía feliz en medio de un supuesto jolgorio, a juzgar por la expresión de alegría de los participantes. Las personas cantaban, esta vez el sonido se me antojaba muy diferente al anterior.

Una vez más la interrogué con la mirada.

 – Su canción – dijo con firmeza la muchacha.

Miré con curiosidad a la joven, pensé que, tal vez, eran las únicas palabras en inglés que conocía, ¿y si no fuera así, después de todo?

 – Tú canción – le dije, de forma imperativa a la himba, apostando a una corazonada.

Ella empezó a entonar una melodía única y yo perplejo la escuchaba, esperando desentrañar el laberinto de sus tradiciones.

Mi canción – dijo la himba con orgullo – parecía otra persona, con un rostro inspirado, que le daba una expresión de belleza.

La inevitable introspección llegó, con una vacilante pregunta en cierne.

 – ¿Acaso todos los himba tienen, a modo de un sello de identidad, sus propias canciones? – pensé, sin la esperanza de encontrar, al menos por ahora, una pronta respuesta.

Dubitativo, pero feliz me alejé del lugar.

Su canción, tú canción, mi canción… improvisé una desatinada tonada, contagiado por la magia creativa de su gente.

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El Centro Comercial

Ya de regreso a su capital, Windhoek, vuelvo a la rutinaria diaria del trabajo y la casa. Terminada por hoy las labores domésticas del día, ahora sé que no tendré pretexto para evitar pensar en los temas recurrentes de siempre: el verdor del paisaje lejano, la familia, el disfrute de la gente en la calle.

Aquí vivo en una isla, y no precisamente por estar rodeado de mar. La casa donde resido, transitoriamente, es grande, está en el justo medio del patio. Cuatro cuartos, dos baños, una amplia cocina, sala-comedor y el portal.

Un portal que nunca uso, para qué, recuerdo haber estudiado que los corredores son elementos de transición entre el espacio interior y exterior, pero las visuales de mi exterior es solo un largo, alto y electrificado muro que rodea el hogar.

Tiene dos entradas, una clausurada, lógico, que lleva al portal y otra que es la entrada del carro y también de la gente que no lo tienen.

Afuera hay poco que ver. Qué raro, recuerdo haber escrito algo sobre un barrio de mi ciudad tropical, donde decía que el portal de las casas es la continuidad de la calle, un espacio público que se usa como lugar de encuentro, de juegos de niños, jóvenes y adultos.

Para ser preciso la calle que me acoge está rodeada de iguales tapias, con altas alambradas y un espacio de transición a la vía sin pavimentar donde aflora la arena de colores beige y rosado para recordarnos la aridez del suelo de la capital namibiana. En el largo, y silencioso, espacio asfaltado hay tres casas. De sus dueños sé, solo el color de sus autos.

El sitio focal principal es su centro comercial, aunque compro las provisiones del mes en días señalados, me reservo para el diario la adquisición del pan, supongo que es un pretexto para visitar el único punto de animación cercano de la zona.

En el horario de la tarde-noche es principalmente movido, decenas de personas circulan por sus estanterías muy concentrado en sus compras y sin reparar en las personas que los rodean, solo las llamadas ocasionales de sus celulares devuelven un poco de humanidad a sus preocupados rostros.

Hoy debía ser un día cualquiera, pero no lo fue. Después de tantos meses se quebró la rutina.

Una hermosa mujer, cogida de la mano de un señor, acudió al lugar. Vestía deportivamente, con su pelo largo recogido, blanca su piel, menuda, tal vez pasaba los 40 años, de ojos vivo e inteligente.

Nos miramos de soslayo y sentí lo diferente. Cada desplazamiento en las numerosas filas de estantes era un nuevo encuentro, silencioso e interrogante. No apartaba sus ojos de mí, supongo que los míos corrían igual suerte. El hombre la tomaba por la cintura y ella, osada, adoptaba una extraña posición, con el torso torcido, se la arreglaba para dirigir miradas de soslayo de vez en vez.

La vi alejarse en dirección al parqueo, montarse en el carro, oí el encendido de su auto y justo al llegar yo a la salida abrió la puerta del vehículo y de forma inexplicable apuró el paso hacia mí.

– Dígame, por favor, por qué usted me miraba de esa manera tan, pero tan diferente – expresó ansiosa.

No supe que responderle, tal vez, si ella supiera, si pudiera entender esa terrible necesidad de sentir, de forma viva, su humanidad.

-Y usted por qué lo hacía – solo logré articular de forma torpe.

-Porque lo necesito mucho, discúlpeme – dijo con la voz entrecortada, y se marchó sin decir adiós, al llamado perentorio de su pareja.

Sentí pena por ella, ¿cuál será su historia? Después de todo, mí tiempo de trabajo, en este país hermano, es sólo temporal – Pensé con alivio.

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