Aprendiz de Cocinero


La culinaria no es mi especialidad, pero todos tenemos historias más o menos gloriosas que contar.
Mis cuatros años de misión técnica en Namibia fueron un recordatorio forzado de mi esfuerzo de aprendiz de cocinero que terminaron al concluir el contrato como colaborador con felicitaciones, y un diploma imaginario que me prometí a mí mismo para ser colgado en la cocina de mi casa, con un firme determinación, ¡Nunca más!
Recuerdo que la primera vez que me enfrente a la cocina estaba con un grupo numerosos de colegas que pasábamos un postgrado de Planeamiento Regional y Urbano en Polonia: indios, ghaneses, tanzano, etíopes, polaco, sirios, iraní, iraquí, chinos y un largo etcétera. Maravillosas personas que una amiga argentina que terminaba el mismo curso, pronóstico, con terrible acierto, que se harían repúblicas, tribus, grupos, surgirían extraños ermitaños, en menos de 15 días. De ahí comprendí el porqué de las largas pruebas de convivencias tan habitual en los astronautas ante de viajar al espacio.
Así que mi nueva y extraña nación de personas afines estaba integrada por: ghaneses, tanzano, etíopes, sirios y chinos.
Mi primer intento por aprender del arte culinario, me llevó con los colegas africanos, la oferta para cultivarme, era la preparación de grandes morcillas de cerdo, con una extraña salsa y un fuerte olor a picante que me hizo abandonar el curso en la primera clase y ver correr a las sirias para ventilar la habitación del prohibitivo olor.
La china siento lástima de mí y me hizo una especial invitación, su ayudante de cocina, el colega Li, se encargaba de otear, desde el octavo piso de la residencia estudiantil, lo que él denominaba ¨vegetales salvajes¨. Un caldo con abundante agua y trocito de minúsculas carnes flotaban en un mar de verduras silvestres me hicieron dudar de que la oferta logrará satisfacer mis perentorias necesidades humanas.
Mis amiga sirias se unían al grupo de apoyo invitándome a su convite y debo confesar que su propuesta era excelente, un paquete de dátil sobre la mesa, frambuesa, rebanas de pan, arroz con espaguetis, algo así como nuestro popular, moros y cristianos, y carnes. Lo malo que dónde voy a conseguir un saco de dátil traído del lejano medio oriente.
Planteado el problema solo pude acudir a ¨la creatividad del cubano¨ y pasarme un mes consumiendo codito con salchicha los fines de semana.
Redondeaba la oferta la típica comida europea ofrecida en el restaurante de la universidad, con papa como plato base y una variada de ofertas en la que solo recuerdo con nostalgia una salvadora y gustativa sopa de remolacha, que 30 años después ahora pretendo revivir, por primera vez, para asombro de mi familia y amigos que no logran entender mis nuevas motivaciones y que yo atrevidamente se la ofrezco como la propuesta del ¨Chef¨ cómo bálsamo contra las transgresiones estomacales después de una noche de convite.

Borsch (Sopa)
Ingredientes:
2 litros de caldo de carne.
100 gramos de carne de osobuco o morcilla.
1 remolacha roja cocida. 200 gramos de col blanca.
1 zanahoria, 1 cebolla, 2 patatas, 1 pimiento rojo.
2 tomates, 1 diente de ajo. Nata fresca Creme Fraiche.
1 cucharada de tomate concentrado. 2 hojas de laurel.
Sal, Pimienta y una cucharada de vinagre blanco.

Elaboración:
Pica la cebolla y el pimiento en cubos pequeños. Haz lo mismo con el ajo.
Quítale la piel a los tomates y rállalos.
Ralla también la remolacha roja y la zanahoria.
Pica la col en tiras largas muy delgada.
Calienta el caldo de carne a fuego medio y ponle las patatas cortadas (en su defecto malanga) en cubos medianos.
Mientras tanto, haz un sofrito en aceite con cebolla, la zanahoria, la remolacha rallada, el tomate concentrado y la cucharada de vinagre.
Cuando haya pasado unos 10 minutos de cocción de caldo con las patatas, échale todo el sofrito y la carne previamente picada. Mezcla bien, cocina 10 minutos más a fuego suave.
Agrega sal y pimienta al gusto.
Ahora vas a ponerle el ajo, el pimiento, la col y las hojas de laurel. De nuevo deja que se cocine otro poco más.
Cuando ya el caldo tenga buen sabor y la papa (la malanga) esté suave. Apaga el fuego y deja reposar unos 5 minutos.
Sírvela y cologue en su centro una poción de nata fresca.

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