Mil árboles que crecen, hacen menos ruido que un árbol que se derrumba.

Por pura casualidad oí comentar a un colega que había presencia­do una escena inusual en una vivien­da donde su propietaria tenía colgado por una buena parte de las paredes de su casa carteles donde se leía, Prohibido cortar árboles, y re­cordé una frase dicha por Mahatma Gandhi en la cual expresaba: “Se puede vivir dos meses sin comida y dos semanas sin agua, pero solo se puede vivir unos minutos sin aire”.

Pensé en los retos que imponen los cambios climáticos y el esfuerzo que se asume para implementar me­didas que se anticipen a los proble­mas en cierne y sobre todo a un escenario desfavorable en un futuro inmediato o lejano.

Ante el incremento de las tempe­raturas, para el logro de un ambien­te de confort térmico, es sumamente importante considerar la masa verde de que dispone la ciudad, a la cual es preciso cuidar e incrementar.

Tengo la percepción de que en el asentamiento urbano donde vivo, en Bayamo, ese aspecto no ha sido ade­cuadamente asumido y es necesario hacer un alto y llamar a sus princi­pales actores a la reflexión.

Los planes de crecimiento urbano o las acciones puntuales en el espa­cio físico, también inciden en la re­ducción de los espacios verdes. Otras veces es la acción del hombre, con la mala selección de las especies a plantar en jardines y espacios pú­blicos.

La siembra de árboles en estre­chos parterres o área de estar, igno­rando las agresivas raíces superficiales, como el ficus benjamina, conocido comúnmente como fi­cus laurel, está propiciando la muerte anunciada y prematura del árbol cuando sus raíces desborden el reducido espacio de contención donde fue plantado, antes de que los ciudadanos puedan disfrutar a ple­nitud de la ansiada sombra en el tórrido espacio caribeño.

Recordemos que, como señala un interesante documento del grupo de desarrollo de la ciudad de La Haba­na, “una calle con árboles tiene cua­tro veces menos polvo que la que no se encuentra arbolada; una copa de cinco metros de diámetro produce el oxígeno que necesita una persona, y 150 metros cuadrados de hojas producen diariamente oxígeno sufi­ciente para 10 personas”.

Otras veces pasamos a los extre­mos y largas avenidas o calles son adornadas con hermosas arbusti­vas, como la palmita anillada, que ofrecen agradables visuales desde la vía y un tormento calórico al peatón que circula por esos espacios des­protegido del ardiente sol.

La ciudad tiene muchos ejemplos palpables de esa realidad, lo triste es que en las nuevas intervenciones se repita esa mala práctica en el tipo de especie a sembrar, parece ser que se cumple el dicho popular de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos, y hasta más veces, con la misma piedra.

En nuestras manos está la solu­ción, quizás bajo el espíritu de un proverbio griego que expresa, “una sociedad crece bien cuando las per­sonas plantan árboles, cuya sombra saben que nunca disfrutarán”.

Ahora, los afortunados de mi ge­neración debemos recordar las pala­bras de Jacques Yves Cousteau y actuar en consecuencia: “Las futuras generaciones no nos perdonarán por haber malgastado su última oportunidad y su última oportuni­dad es hoy”.

Mil árboles que crecen, hacen menos ruido que un árbol que se derrumba.

*http://lademajagua.cu/wp-content/uploads/2017/03/P–gina-3.pdf

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