Razones

 

Terminada la rutinaria labor doméstica del domingo, ahora sé que no tendré pretexto para evitar pensar en los temas recurrentes de siempre: el verdor del paisaje lejano, la familia, el disfrute de la gente en la calle.

Aquí vivo en una isla, y no precisamente por estar rodeado de mar. La casa donde resido, transitoriamente, es grande, está en el justo medio del patio. Cuatro cuartos, dos baños, una amplia cocina, sala-comedor y el portal.

Un portal que nunca uso, para qué, recuerdo haber estudiado que los corredores son elementos de transición entre el espacio interior y exterior, pero las visuales de mi exterior es solo un largo, alto y electrificado muro que rodea el hogar.

Tiene dos entradas, una clausurada, que lleva al portal y otra que es la entrada del carro y también de la gente que no lo tiene.

Afuera hay poco que ver. Qué raro, recuerdo haber escrito algo sobre un barrio de mi ciudad tropical, donde decía que el portal de las casas es la continuidad de la calle, un espacio público que se usa como lugar de encuentro, de juegos de niños, jóvenes y adultos.

Para ser preciso la calle que me acoge está rodeada de iguales tapias, con altas alambradas y un espacio de transición a la vía sin pavimentar donde aflora la arena color beige-rosada para recordarnos la aridez del suelo de la capital namibiana. En el largo, y silencioso, espacio asfaltado hay tres casas. De sus dueños sé, solo el color de sus autos.

El sitio focal principal es un  supermercado, aunque compro las provisiones del mes en días señalados, me reservo para el diario la adquisición del pan, supongo que es un pretexto para visitar el único punto de animación cercano de la zona.

En el horario de la tarde-noche es principalmente movido, decenas de personas circulan por sus estanterías muy concentrado en sus compras y sin reparar en las personas que los rodean, solo las llamadas ocasionales de sus celulares devuelven un poco de humanidad a sus preocupados rostros.

Hoy debía ser un día cualquiera, pero no lo fue. Después de tantas semanas se quebró la rutina.

Una hermosa mujer, cogida de la mano de un señor, acudió al lugar. Vestía deportivamente, con su pelo largo recogido, blanca su piel, menuda, tal vez pasaba los 40 años, de ojos vivo e inteligente.

Nos miramos de soslayo y sentí lo diferente. Cada desplazamiento en las numerosas filas de estantes era un nuevo encuentro, silencioso e interrogante. No apartaba sus ojos de mí, supongo que los míos corrían igual suerte. El hombre la tomaba por la cintura y ella, osada, adoptaba una extraña posición, con el torso torcido, se la arreglaba para dirigir miradas de soslayo de vez en vez.

La vi alejarse en dirección al parqueo, montarse en el carro, oí el encendido de su auto y justo al llegar a la salida abrió la puerta del vehículo y de forma inexplicable apuró el paso hacia mí.

– Dígame, por favor, por qué usted me miraba de esa manera tan diferente – expresó ansiosa.

No supe que responderle, tal vez, si ella supiera, si pudiera entender esa terrible necesidad de sentir, de forma viva, a la humanidad.

-Y usted por qué lo hacía- solo logré articular de forma torpe.

-Porque lo necesito mucho, discúlpeme – dijo con la voz entrecortada, y se marchó sin decir adiós, al llamado perentorio de su pareja.

Sentí tristeza, ¿cuál será su historia? ¿Cuáles serán mis razones? después de todo, mi tiempo de trabajo, en este país hermano, es sólo temporal – Pensé con alivio.

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