Mi vecino.

Siempre lo veía en su puesto, en el Centro Histórico, vendiendo sus artesanías a bayameses, turistas nacionales o extranjeros que afluían a la ciudad, antes que la Covid-19 cambiara la vida de todos.

Ahora lo observo con más frecuencia en el jardín de su casa o cruzando la calle frente a su hogar, haciendo una faena que a mí me parecía quijotesca, desbrozado un pequeño espacio de tierra dentro de un área mayor, que generaciones de urbanistas hemos defendido por muchos años de los múltiples destinos que los actores de la ciudad quisieron darle y no el que preservó el Plan General de Ordenamiento Urbano de la ciudad de Bayamo para el reparto Carlos Manuel de Céspedes, conocido popularmente como por ¨Las Caobas¨, destinado a obras educacionales, en especial una escuela primaria que es el reclamo de los padres del barrio, ante la lejanía relativa de otras instalaciones.

Su accionar, que no compromete para nada el destino final del lugar, lo vi como el rodaje de una película en que van pasando las secuencias: días de azada en la tierra, bajo el tórrido sol, la siembra, el crecimiento de los cultivos y por fin, la cosecha.

Le pregunté por qué no iba al mercado del sitio en estos días que aún se puede comprar, cierto con intermitencia, un tomate relativamente barato, y quedé sorprendido por su inesperada respuesta.

– Amigo, el mío tiene mejor sabor- dijo con orgullo.

A no dudar, lo que se cosecha con las propias manos le imprime un valor agregado al producto, es esfuerzo, curiosidad, seguimiento y satisfacción por la cosecha. Es, además, una necesidad cubierta, ahorro y puede ser una posible ganancia.

Es un barrio especial, literalmente se está cubriendo todos los espacios libres. Como Urbanista debería protestar, podría ruralizar el espacio urbano, pero no he visto a nadie que haya renunciado a sus plantas ornamentales, flores y arbustivas por cultivar alimento. Estéticamente hay un mayor verde y confort en el lugar y sinceramente el profesional debe vivir, en primer lugar, con su tiempo. Ahora se necesita alimento y el impulso a organopónicos, patios y parcela, en una ciudad que viene a despertar el instinto dormido, estimulado por la necesidad, que injustamente se le imponen al cubano, como parte de su cotidianidad.

Conozco muchas ciudades en otros lares, que parte de las hortalizas se produce en patios y jardines, como hobby, y también como un pequeño, y lucrativo, negocio.

Hace unos días mí vecina del frente de la casa me ofreció con orgullo los boniatos que cosecha su esposo en un pequeño espacio que conforma un parqueo para vehículos y entendí a mi amigo cuando dice, ¨que su tomate tiene mejor sabor¨.

Más allá de las pequeñas, grandes historia de mi gente por la supervivencia, y en eso el cubano es todo un experto, lo único cierto, es que la iniciativa va más allá de una coyuntura determinada y está vinculada a la necesidad de limitar los desplazamientos, producir el alimento, y ofrecer servicios, lo más cercano posible al consumidor: razones sanitaria, de tiempo, transporte y de confort, así lo aconsejan.

No es una propuesta local, es una tendencia internacional en reducir los radios de desplazamiento de las personas a 15 minutos a pie o en bicicleta en busca de determinados servicios.

En esa meta se comienza a trabajar con nuevos conceptos urbanos donde, no es un país del tercer mundo el que establece las pautas, sino ¨La Ciudad de la Luz¨ cómo oportuna referencia, en aquellos aspectos que se puedan asimilar con características propias y en otras acciones lo que más está acostumbrado hacer el cubano, ante los avatares de la vida, a inventar, para bien de la sociedad, sólo eso explica que, aún, estemos aquí, cuando debíamos estar, en opinión de algunos que no nos quieren bien, clínicamente muertos, evidentemente, y para nuestro orgullo nacional, somos un pueblo duro de matar.

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